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martes, 14 de setiembre de 2010

Érase una vez...

...un muchacho que le escribía al amor a toda hora y a todo momento. Había encontrado a la musa que le llenaba de una explosión de creatividad y una sobredosis de inspiración. Evocar el sólo recuerdo de su sonrisa bastaba para llenar miles de líneas en el cuaderno de su vida. Fue una de las épocas más prolíferas de la historia de este joven escritor. Y es que el amor que sentía hacia la fuente de su inspiración era tan inmensurable como las gotas de lluvia en una tarde de invierno o las estrellas en la noche más estrellada de verano.

En efecto, el joven escritor estaba perdidamente enamorado de su musa. Le dedicó sus mejores obras y depositaba un pedazo de su esencia con cada escrito que le presentaba. Se la pasaba siempre idealizando y resaltando las características de ella, tan sólo para ofrecerle las mejores encíclicas que en tiempos inmemoriables se destinaban para recrear los pasajes de los dioses mismos, que poblaron esta tierra antes de que se creara al primer hombre.

Día y noche escribió los versos más hermosos que su pluma pudo crear, y noche y día sufría la agonía del enamoramiento eterno hacia su musa. Pero como todo lo bueno en la vida de uno, nada dura para siempre, ni siquiera el amor. Una fría tarde de verano, la musa se dirigió hacia el joven escritor, quien para variar se encontraba tratando de crear su mejor obra, dedicada a nombre de la mujer que amaba. Ella, triste y envuelta en un hálito de pesadumbre, se le acercó y con un tierno pero melancólico beso, se despidió de su amado y susurrándole unas palabras, partió hacia el horizonte hasta que ya no pudo ser más divisada.

La repentina partida de su musa truncó el océano de creatividad e inspiración que ahogaba al joven escritor desde hacía unos años. Se sumió en la más profunda de las tristezas y en la más oscura de las penumbras, llorando por la súbita marcha de la mujer que significó un antes y un después en su vida. Abrumado por un enorme pesar, se empecinó en continuar con lo que mejor hacía: escribir.

Su pluma, que años atrás había sido artífice de los relatos más hermosos en nombre del amor, continuaba escribiendo maravillas, pero con la única diferencia de que ahora eran odas interminables de odio y desprecio hacia la ingrata que le rompió el corazón y lo abandonó a su suerte. Fue tal su decepción hacia el amor mismo, que un día se apareció ante él, la Soledad. La Soledad lo acompañó durante gran parte de su vida, reemplazando el vacío que alguna vez fue ocupado por la musa del Amor. El joven escritor continuó dedicándole sus escritos más hermosos de decepción y odio hacia su antigua pareja, para el beneplácito de la Soledad misma. Su relación duró media eternidad, ya que incluso todo lo malo, no dura una eternidad.

La Soledad abandonó al joven escritor un día soleado de invierno. Al igual que su primera doncella, ésta se despidió de él con un suave y delicado beso en su frente y le susurró unas palabras al oído, antes de viajar en dirección contraria hacia donde partió la musa del Amor muchos años atrás, hasta perderse también en el horizonte. Nuevamente el joven escritor se encontraba abandonado y ni la Soledad ni el Amor lo acompañaban más.

Dejó de escribir por completo. Arrojó sus pergaminos y sus tintas en la hoguera de sus recuerdos y permaneció en un silencio absoluto. No hacía otra cosa más que pensar sobre lo que había vivido con el Amor y la Soledad, haciéndose siempre la misma pregunta: ¿Por qué me abandonaron? Meditó día y noche, noche y día, de verano a invierno, de invierno a verno. Pasaron cuatro años bisiestos hasta que finalmente llegó a la conclusión de que gozaba de una paz interior tan inmensa como su antiguo amor por sus dos ex compañeras, y fue cuando de pronto, una luz disipó todas sus dudas respecto al transcurso que había tomado su vida. Trató de buscar en los confines más recónditos de sus recuerdos, las últimas palabras con las cuales se habían despedido sus amantes. En el último cajón del ropero detrás de la puerta al lado del muro más alto de la torre más alejada del bosque más hinóspito del reino de su pasado, encontró aquellas palabras escritas en un ínfimo y marchito pedazo de papel.

Fue cuando finalmente entendió el por qué sus amantes lo habían abandonado. Todo había tenido un propósito. Plenamente consciente del significado de su travesía, cerró sus ojos en paz y sonrió por primera vez en años. Al abrirlos, descubrió ante él a sus dos antiguos amores, quienes se fusionaron en una sola entidad: la Felicidad. La Felicidad llegó al joven escritor luego de una media eternidad y muchos años más, pero finalmente llegó a él, luego de alcanzar su paz interior y descubrir verdaderamente, que para poder amar en serio, primero hay que aprender a amarse uno mismo. La Felicidad y el joven escritor, quien ahora no era más que un anciano decrépito por fuera pero que aún conservaba la juventud del espíritu, tomó la mano de su redescubierta amante y caminó con ella, hasta que ambos se perdieron en el más lejano de los horizontes, dejando detrás de ellos un pequeño y marchito pedazo de papel que decía: "Para llegar a la Felicidad, primero hay que experimentar la travesía del Amor y la Soledad..."

Fin.

Mujer del rostro esquivo,
¿cuándo te dignarás a aparecer frente a mí?

Dime más...

jueves, 28 de enero de 2010

Camino al destino

'Un ramo de flores, por favor' dije mientras le entregaba un raído billete a una anciana a la entrada del cementerio. '¿Vienes a ver a alguien?' preguntó la anciana mientras armaba el colorido ramillete. 'Sí, a ver a una persona especial. Y voy tarde, ¡gracias!' respondí mientras tomaba aquel adorno floral y me apresuraba a ingresar por la puerta principal.

A medida que iba recorriendo los nichos y las tumbas de los inquilinos de aquel lugar, me comenzaron a asaltar recuerdos de nuestro pasado; como la anécdota de como nos conocimos. Fue una tarde fría de verano, como las que suelen haber a menudo en la capital, recuerdo haber llegado a aquella fiesta de una amiga en común y no despegué mi mirada de ti ni un sólo instante. Luego te me acercaste para pedirme fuego cerca a la barra donde me encontraba bebiendo con unos amigos, y te dije 'claro que sí, puedes encenderlo con el calor de mis labios'; admito que no fue una respuesta inteligente pero te causó gracia en aquel instante, tanto a ti como a mis amigos, aparte me supiste perdonar porque te diste cuenta que estaba algo entrado en copas.

Al día siguiente, me comentaron sobre lo que había hecho. Es cierto aquello que dicen que el alcohol es un gran deshinibidor, pero no pensaba que lo fuera tanto. Tuve una chance para redimirme la segunda vez que nos vimos, que fue de pura casualidad, en un café de un centro comercial. Había entrado para usar el baño, pero te vi sentada al otro extremo del local, bebiendo de una diminuta copa un humeante café y mirando el reloj de la pared de enfrente, evidenciando que llevabas un buen rato esperando a alguien que no había llegado aún. Me acerqué a saludarte, esperando que no me recordaras del todo de aquella fiesta, pero vaya sorpresa la que me llevé cuando respondiste mi saludo con un 'pero si es el chico de los labios ardientes, ¿cómo estás, mi caluroso amigo?', aquello fue el comienzo perfecto para derretir el hielo en nuestra improvisada conversación.

Dicen que la primera impresión es la que cuenta, pero me he dado cuenta que soy mejor en las segundas. Nos pasamos toda la tarde conversando de todo y a la vez de nada, tan solo acompañados por dos tazas de café frío a medio acabar y una cajetilla de cigarrillos vacía entre nosotros. Fue allí donde nuestra inusual historia comenzó, donde los planetas se alinearon y tuvimos aquel momento cósmico que esperamos durante toda nuestra vida. Salimos juntos de aquel local y dimos vueltas por un tranquilo parque, donde al final de la vigésima vuelta y luego de conocer nuestros nombres y apellidos, sellamos nuestro encuentro con un suave pero tierno beso frente a una pareja de palomas posadas en lo alto de la estatua en el medio de aquella plaza.

Intercambiamos números de teléfono y comenzaron así nuestras interminables charlas nocturnas. Siempre me llamabas al llegar del trabajo y yo siempre te llamaba de camino al mío. Fue también la época donde mi deuda telefónica creció como la espuma de las cervezas que solíamos tomarnos cada fin de semana en compañía de nuestros amigos, vociferando las letras de un joven Charly García y su fascinación por demoler hoteles, o los dinosáuricos del Tri y su alegrísima triste canción de amor; también fue la época donde descubrimos nuestro secreto amor por la literatura de ficción, siendo tu fanática asérrima de Wonder Woman y yo, del valeroso Green Lantern. Eras perfecta por donde se te mirara, podíamos pasar horas conversando y debatiendo sobre temas que a nadie le importaba, recordando escenas de series de tv o dibujos animados de nuestros pasados o coreando las estrofas de las canciones más indies que puedan existir.

Te convertiste en el factor exponencial de mi ecuación de vida. Pero no todo era color de rosa en nuestra relación, también teníamos nuestros altibajos. Si había algo que no tolerabas era el que fuera condescendiente contigo, que prefiriera callar a veces simplemente por querer darte la razón. Siempre me instabas a sacar a relucir mi contraparte instigadora, incisiva e inclusive, la amargada con tal de defender fehacientemente alguna idea que yo creyera era la correcta. Así como también yo no toleraba de tu persona era el hecho de que ante cualquier situación difícil que se avisoraba en nuestro horizonte, te encerraras a ti misma en una burbuja de soledad y aislamiento, la cual me fue difícil penetrar en un principio, pero que con el tiempo lo pude lograr.

Éramos el otro para uno, a cualquier momento, a toda hora. Siempre buscábamos satisfacer al otro y a la vez, satisfacernos hasta el cansancio. Lo demostramos muchas veces en cuantas sábanas nos envolvían en nuestros encuentros amatorios furtivos o a veces, en los lugares donde simplemente nuestros cuerpos nos lo pedían. Aquella vez en el baño de la casa de tu tía abuela, fue fenomenal. Hasta ahora me pregunto, ¿cómo fue que no rompimos ese pobre inodoro? Realmente nos iluminamos aquella tarde, cuando nuestros ojos se encontraron mutuamente a través de ese comedor que olía a rancio y a nostalgia. Las palabras de tu tía abuela flotaban a nuestro alrededor como polillas cerca a una bombilla de luz, nada podía perturbar el estado en el que nos encontrábamos y fue entonces, cuando supe que era el momento del 'discúlpeme señora, tengo que hacer una llamada' y del 'no te preocupes tía, ve a la sala a refrescarte un poco que yo lavo los platos'. Hicimos lo que quisimos en ese baño sin levantar sospecha alguna en la albina cabeza de tu tía, aunque creo yo que sí se dio cuenta de lo que hicimos porque al momento de despedirme y agradecerle por tan enternecedora velada, me advirtió que tenía la camiseta al revés y que me peinara un poco, porque lucía algo alborotada mi cabellera. Bien dicen que más sabe el diablo por viejo que por...ay, maldito alzheimer.

Fueron dos años y medio de muchas alegrías con contadas tristezas en nuestra relación, hasta aquel fatídico día. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, porque en realidad fue ayer que me topé con aquel recorte periodístico que hice sobre aquel accidente. Ibas manejando en tu auto por una avenida principal, resbaladiza por una repentina lluvia minutos atrás, cuando tu auto embistió contra otro en un determinado cruce. Yo me encontraba en el trabajo cuando el jefe de redacción me envió a cubrir dicho accidente. Ya en la escena del hecho, empecé a realizar mi trabajo cuando de pronto, a medida que tomaba las fotos de lo ocurrido, me percaté de que uno de los autos siniestrados era muy parecido al tuyo. Mi corazón empezó a agitarse un poco, pero se volvió totalmente frenético cuando llegó el fiscal de turno y terminó con las pericias pertinentes. No pudieron identificar a la dueña de uno de los vehículos, pero ambas víctimas fueron llevadas a una sala de emergencias cercana al lugar de los hechos.

Me apresuré a llegar allí a como de lugar, pidiéndole al chofer de la móvil que me transportaba que acelerara lo más que pudiera porque tenía que llegar cueste lo que cueste. El asustado chofer me decía que no podía correr más porque la pista estaba resbaladiza y temía terminar como a los que habíamos dejado cuadras atrás. Deteniéndonos en uno de los semáforos, no pude resistirlo más; tenía que llegar sea como sea. Me bajé de la móvil y le dije al chofer que me diera el alcance en el hospital. A medida que corría sobre el mojado pavimento, marqué hasta el cansancio a su celular, pero sólo recibía la casilla de voz. Mi corazón parecía saltarse de mi pecho cuando llegué a la sala de emergencias y me dijeron que uno de los accidentados acababa de fallecer en el quirófano, producto de una hemorragia interna.

Todas esas escenas se me vinieron a la mente a medida que me acercaba a la lápida que iba a visitar. Me paré frente a ella y deposité el ramo de rosas lentamente en el suelo, deslizando la punta de mis dedos sobre su fría y húmeda superficie. 'Llegas tarde...para variar', me dijo una mujer que sostenía a un bebé y se acercaba hacia mí. 'Ya sabes que a pesar de que siempre uso reloj, no puedo evitar siempre el llegar tarde...' respondí mientras recibía a aquel pequeño infante entre mis brazos de parte de ella. Besé a aquella mujer con todo el amor del mundo y la rodeé con mi brazo, y luego dirigiéndome a nuestro querido y silente anfitrión en su última morada, le dije las siguientes palabras:

'Ha pasado ya un año desde que dejaste este mundo, pero aún mantengo latente el recuerdo de tu partida. Verás, nunca te conocí, pero tuviste que morir para enseñarme de que ella es y será siempre el amor de mi vida. Cuando me dijeron que habías muerto en aquel quirófano, sentí como si mi mundo entero colapsara ante mí. Tanto mi pasado como mi presente, e incluso mi futuro, se trituró en mil pedazos de la sola idea de que había perdido al amor de mi vida sin poder despedirme antes. En ese mismo instante, recibí una señal divina proveniente de quien sabe donde. Mi novia me llamó a mi celular, disculpándose por no haber podido contestar mis llamadas pero es que se había olvidado el celular en casa y que se lamentablemente, había sido víctima de un robo; un asaltante la interceptó antes de salir de la casa y se llevó el auto, se había pasado toda la tarde en la comisaría denunciando el hecho. Fue en ese mismo instante donde la vida me regresó al cuerpo y lo único que atiné a decirle fue: Cásate conmigo. Nos casamos un domingo de abril y nos fuimos de luna miel por todo un mes. Y regresaron tres de donde fueron dos. Este es mi hijo, el cual lleva tu nombre y es la prueba viviente de que tu sacrificio no fue en vano y perdurará de aquí hasta la eternidad...'


¿A poco pensaron que esta historia acabaría con un final triste?

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miércoles, 28 de octubre de 2009

El día de mi muerte



Las sirenas empezaron a resonar en las silentes y desoladas calles donde yacía mi cuerpo bañado en un charco de sangre, a escasos metros de la puerta de mi casa. La gente, consternada y aún medio dormida, empezaba a juntarse alrededor de mi cadáver, mientras la policía empezaba con el peritaje correspondiente para determinar la causa de mi cruento asesinato. Es raro, podía escuchar a las vecinas murmurar sobre el supuesto móvil de mi repentino fallecimiento; podía ver a través de las delgadas hojas de periódico que pusieron sobre mi cuerpo a mis padres llorando mientras un robusto oficial les tomaba sus declaraciones y las pequeñas luces de aquellos forenses en sus batas blancas que empezaban a delínear el contorno de mi silueta en el piso con una diminuta tiza blanca.

A los minutos, empecé a sentir los flashes de una cámara que empezó a tomarme fotos desde distintos ángulos y oía las preguntas de una joven y simpática reportera de cabellera negra ondulada que le hacía al oficial encargado, que respondía que no declararía nada hasta que llegara el Fiscal de turno y autorizara el levantamiento de mi cuerpo, que seguía tirado en la puerta de mi casa, con mi mano derecha aún sosteniendo mis llaves. De pronto, la hermosa reportera se acercó a su compañero fotógrafo y me vio entre aquellas hojas de periódico y pareció reconocerme. Fue curioso, sentía que la conocía pero no recordaba quién era; sólo tenía la sensación de que en algún momento de nuestras vidas, nuestros caminos se entrelazaron de distintas maneras y compartimos el todo junto con la nada.

La expresión de su rostro cambió de la serenidad a la sorpresa en una fracción de segundo. Se tapó de pronto la boca con su mano izquierda y sus ojos se abrieron enormemente. Definitivamente lucía muy anodada. Creo que sí me conocía después de todo. 'Alguna compañera de la universidad', pensé en un instante, 'o alguna ex compañera de trabajo'. Ahora ya es demasiado tarde para descubrirlo. Luego, pude oír en medio del llanto de mis padres y familiares, a ella entablando una conversación con ellos, intentando calmarlos con nerviosas palmadas al hombro y trepidantes abrazos. Tirado en aquella fría acera, continúaba pregúntandome quién era ella. En medio de toda la conmoción del momento, llegó el Fiscal de turno. En menos de cinco minutos (y es muy extraño que tenga tal noción del tiempo en este estado) autorizó el levantamiento de mi cadáver y autorizó a los forenses que me llevaran a la Morgue Central. Retiraron cautelosamente los periódicos y me embolsaron en una pestilente y oscura bolsa. Lo siguiente que sentí fue cuando me tiraron en la parte de atrás de una oxidada y vieja camioneta. El viaje hasta la morgue fue algo accidentado, pero logramos llegar alrededor de una media hora después.


Volví a ver la luz quince minutos luego de haber llegado, cuando yacía recostado en aquella fría camilla de acero inoxidable de la morgue. Una luz blanca y brillante iluminaba mi cuerpo. En ese mismo instante, empecé a sentir un par de manos plastificadas que recorrían mi pecho, como si lo estuviesen examinando. Pude sentir también cuando uno de sus dedos empezó a penetrar una pequeña cavidad, que hasta ese momento desconocía de su existencia, a la altura del lado izquierdo de mi esternón. 'Una puñalada al corazón', fue lo único que atiné a escuchar mientras lo veía escribir algo en una tablilla. Por alguna extraña razón, tenía tapados mis oídos pero mis ojos permanecían abiertos, a pesar de que aquel muchacho que manoseaba mi cuerpo en aquella fría camilla, me los había cerrado minutos atrás. Luego, sentí la cortante caricia de aquel filoso bisturí que dibujaba una V en mi tórax, abriéndolo y presenciando como empezaron a sacar mis órganos internos como si fuesen piezas que nunca más se habrían de usar de algún aparato. Curioso o no, lo único que sentí que me sacaron fue el corazón. Se sintió como un pequeño cosquilleo en lo más profundo de mi pecho. Creo que sí lo tenía, después de todo. Al final de esto, empezaron a suturar mi ya vacío pecho y me depositaron en un cajón, en una especie de enorme frigorífico. Allí dentro estuve alrededor de un día y medio.

Por aún más extraño que parezca, lo único que vi durante aquel tiempo fue una absoluta y completa nada. La puerta del cajón se abrió un miércoles por la tarde (sigue pareciéndome curioso que tenga tal noción del espacio y tiempo estando así de frío) y me volvieron a colocar en una bolsa, esta vez era una con un olor a nuevo pero que era igual de oscura que la primera. Cuando escuché abrirse el cierre y volví a ver la luz, me di con la sorpresa que
mi padre estaba allí junto a un hombre viejo, con el rostro arrugado y manchado, pero con una mirada tan tranquila y fría que parecía que estaba acostumbrado a ver muertos todos los días. Habían transcurrido ya dos días y medio desde mi fallecimiento (morí un lunes a las 11 de la noche) y por primera vez, dejé de ver hacia arriba, ya que me volteaban de un lado a otro para vestirme. Entre aquellos constantes movimientos, pude ver que me estaban colocando aquel traje azul que usaba en ocasiones especiales. 'Que ocasión más especial que mi muerte' dije sonriente, esperando robarle una risa o carcajada a cualquiera como solía hacerlo, pero nadie me escuchó. Al final, cuando ya estaba vestido, pude ver a mi padre traer unos lindos zapatos negros que reconocí al instante: eran aquel par de zapatos que me regaló cuando acabé la universidad. Sentí como me los colocaba y me los ataba lentamente. Habían pasado muchos años desde que me había atado los zapatos, la última vez fue cuando tenía 4 años y paséabamos un domingo por el centro de la ciudad.

Me cargaron y me pusieron dentro de un cajón revestido de fieltro y tela. Mi padre me cargaba de los brazos y aquel hombre de las piernas. Un detalle que no pude dejar pasar fue que mi padre, al momento de recostarme dentro de aquél féretro, depositó mi cabeza suavemente sobre aquella tersa almohada. Por un instante, creí que él sabía que lo estaba viendo y escuchando. Nunca pude decirle cuánto lo amaba y admiraba frente a frente; siempre fui de las personas que expresaban su sentimientos a través de sus acciones. Si pudieras oírme en este momento, te digo que te amo y que fuiste y serás siempre lo más importante en mi vida. Pero no puedes y te me quedas observando con aquellos tristes y vidriosos ojos. Creo que nunca esperaste el enterrarme y siempre creíste que sería yo el que hiciera esto, pero ya ves lo injusta que es a veces la vida, viejo. No llores más y trata de ser fuerte; al menos tuve una muerta rápida y no sufrí mucho, aquello hubiera sido peor tanto para ti cómo para mí. Créeme.

Cerraron el ataúd y me cargaron hacia una carroza fúnebre. Me depositaron gentilmente en la parte trasera de ésta y escuché un portazo. El vehículo empezó a rodar por una calle muy transitada, porque podía oír el bullicio de los motores de autos y de la gente. El viaje duró cerca de veinte minutos cuando de pronto, sentí que me volvían a cargar y me depositaban despacio sobre una estructura. No escuché nada por unos cinco minutos, cuando de pronto, alguien abrió la puerta de aquel cajón y lo primero que vi, fue el rostro de mi madre, derramando sendas lágrimas. 'Qué mujer más hermosa', dije sin mover mis labios. A pesar de que su rostro mostraba el inexorable paso del tiempo sobre su persona, su fuerte mirada y su determinada personalidad que siempre denotaron una incólume juventud, parecían resquebrajadas. No sabes cuánto daría por oírte sonreir una vez más, de la manera como yo sólo sabía hacerlo. Siempre admiré el hecho de que a pesar de que no eras una persona muy cultivada, siempre sabías que decir y cómo decirlo y a quién decírselo. Me sentía seguro en tus brazos cada vez que te abrazaba y contemplaba tu belleza perenne. Pero ahora ya no podré hacerlo más y me voy para arreglar todo para el día en que nos volvamos a reunir. Mi madre me acompañó por un largo tiempo, hasta que finalmente alguien la tomó del brazo y la llevó a otra parte.

Ante mí, desfilaron un sinnúmero de personas que cuando estuve vivo, significaron el mundo para mí. Mis hermanos, mis sobrinos, mis amigos, familiares cercanos, amores pasados y la que era mi presente antes de estar confinado en este claustro. Entre todas las personas que derramaron lágrimas ante el diáfano cristal que me separaba de ellos, tus lágrimas fueron las únicas que sentí traspasar aquel vidrio y recorrer mis pálidas mejillas. Recordé como fue que nos conocimos, aquel amor que nació en salones de clase, que floreció en nuestros furtivos encuentros íntimos y que creció a medida que transcurrieron los años. Esperen un minuto, ahora lo recuerdo. Eras tú. La reportera que estaba en la escena de mi asesinato aquel lunes por la noche. ¿Por qué no te reconocí de inmediato? ¿Habrá sido el shock que ocasionó mi repentina muerte? ¿O simplemente fue tal mi estado de ambrosía al atravesar el umbral de la muerte que borré todo recuerdo de lo que representaba el amor en mi cuerpo terrenal? Porque tú significabas para mí, mi todo y mi nada. Y ahora, me he convertido en nada, mientras que tú estás allí, al otro lado del cristal y siempre serás el todo de lo que una vez fue mi vida. Puedo sentir el cálido toque de tu mano sobre mi rostro que se posa en este ahora empapado cristal. 'Atraparon a tu asesino', fue lo único que atiné a escuchar. Empecé a llorar, pero mi cuerpo hacía mucho que había dejado de segregar líquido alguno. Lloré como nunca antes lo había hecho, pero mis ojos permanecían igual de secos. No lloraba porque finalmente se haría justicia por mi muerte y se castigaría al culpable que me arrebató mi vida, sino que lo hacía porque al final de todo, fui capaz de recordarte. Pensé que te había olvidado; podía recordarlo todo pero menos a ti. Mis lágrimas no eran de sorpresa sino de felicidad, porque me llevaría el recuerdo de tu amor a mi otra vida, a la cual estaba a punto de partir.

Mi velorio duró un día más. Luego, fui otra vez depositado en aquella misma carroza y llevado a otro lugar. Para aquel entonces, habían transcurrido ya ochenta y cuatro horas desde mi fallecimiento. Mientras iba camino al cementerio, empecé a sentir un repentino y agobiante sueño. Empecé a sentir también mis párpados muy pesados, a pesar de que ya los tenía cerrados, cómo si nunca en mi vida hubiese podido dormir. Solté un fuerte bostezo que sólo yo pude escuchar, mientras sentía como mi ataúd empezaba a descender lentamente. Había llegado finalmente el momento en que cayera en aquel sueño eterno, pero con la única diferencia de que me llevaría conmigo el recuerdo de aquel amor que lo cambió todo y que fue capaz de traspasar las barreras de la vida y la muerte.

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