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martes, 14 de setiembre de 2010

Érase una vez...

...un muchacho que le escribía al amor a toda hora y a todo momento. Había encontrado a la musa que le llenaba de una explosión de creatividad y una sobredosis de inspiración. Evocar el sólo recuerdo de su sonrisa bastaba para llenar miles de líneas en el cuaderno de su vida. Fue una de las épocas más prolíferas de la historia de este joven escritor. Y es que el amor que sentía hacia la fuente de su inspiración era tan inmensurable como las gotas de lluvia en una tarde de invierno o las estrellas en la noche más estrellada de verano.

En efecto, el joven escritor estaba perdidamente enamorado de su musa. Le dedicó sus mejores obras y depositaba un pedazo de su esencia con cada escrito que le presentaba. Se la pasaba siempre idealizando y resaltando las características de ella, tan sólo para ofrecerle las mejores encíclicas que en tiempos inmemoriables se destinaban para recrear los pasajes de los dioses mismos, que poblaron esta tierra antes de que se creara al primer hombre.

Día y noche escribió los versos más hermosos que su pluma pudo crear, y noche y día sufría la agonía del enamoramiento eterno hacia su musa. Pero como todo lo bueno en la vida de uno, nada dura para siempre, ni siquiera el amor. Una fría tarde de verano, la musa se dirigió hacia el joven escritor, quien para variar se encontraba tratando de crear su mejor obra, dedicada a nombre de la mujer que amaba. Ella, triste y envuelta en un hálito de pesadumbre, se le acercó y con un tierno pero melancólico beso, se despidió de su amado y susurrándole unas palabras, partió hacia el horizonte hasta que ya no pudo ser más divisada.

La repentina partida de su musa truncó el océano de creatividad e inspiración que ahogaba al joven escritor desde hacía unos años. Se sumió en la más profunda de las tristezas y en la más oscura de las penumbras, llorando por la súbita marcha de la mujer que significó un antes y un después en su vida. Abrumado por un enorme pesar, se empecinó en continuar con lo que mejor hacía: escribir.

Su pluma, que años atrás había sido artífice de los relatos más hermosos en nombre del amor, continuaba escribiendo maravillas, pero con la única diferencia de que ahora eran odas interminables de odio y desprecio hacia la ingrata que le rompió el corazón y lo abandonó a su suerte. Fue tal su decepción hacia el amor mismo, que un día se apareció ante él, la Soledad. La Soledad lo acompañó durante gran parte de su vida, reemplazando el vacío que alguna vez fue ocupado por la musa del Amor. El joven escritor continuó dedicándole sus escritos más hermosos de decepción y odio hacia su antigua pareja, para el beneplácito de la Soledad misma. Su relación duró media eternidad, ya que incluso todo lo malo, no dura una eternidad.

La Soledad abandonó al joven escritor un día soleado de invierno. Al igual que su primera doncella, ésta se despidió de él con un suave y delicado beso en su frente y le susurró unas palabras al oído, antes de viajar en dirección contraria hacia donde partió la musa del Amor muchos años atrás, hasta perderse también en el horizonte. Nuevamente el joven escritor se encontraba abandonado y ni la Soledad ni el Amor lo acompañaban más.

Dejó de escribir por completo. Arrojó sus pergaminos y sus tintas en la hoguera de sus recuerdos y permaneció en un silencio absoluto. No hacía otra cosa más que pensar sobre lo que había vivido con el Amor y la Soledad, haciéndose siempre la misma pregunta: ¿Por qué me abandonaron? Meditó día y noche, noche y día, de verano a invierno, de invierno a verno. Pasaron cuatro años bisiestos hasta que finalmente llegó a la conclusión de que gozaba de una paz interior tan inmensa como su antiguo amor por sus dos ex compañeras, y fue cuando de pronto, una luz disipó todas sus dudas respecto al transcurso que había tomado su vida. Trató de buscar en los confines más recónditos de sus recuerdos, las últimas palabras con las cuales se habían despedido sus amantes. En el último cajón del ropero detrás de la puerta al lado del muro más alto de la torre más alejada del bosque más hinóspito del reino de su pasado, encontró aquellas palabras escritas en un ínfimo y marchito pedazo de papel.

Fue cuando finalmente entendió el por qué sus amantes lo habían abandonado. Todo había tenido un propósito. Plenamente consciente del significado de su travesía, cerró sus ojos en paz y sonrió por primera vez en años. Al abrirlos, descubrió ante él a sus dos antiguos amores, quienes se fusionaron en una sola entidad: la Felicidad. La Felicidad llegó al joven escritor luego de una media eternidad y muchos años más, pero finalmente llegó a él, luego de alcanzar su paz interior y descubrir verdaderamente, que para poder amar en serio, primero hay que aprender a amarse uno mismo. La Felicidad y el joven escritor, quien ahora no era más que un anciano decrépito por fuera pero que aún conservaba la juventud del espíritu, tomó la mano de su redescubierta amante y caminó con ella, hasta que ambos se perdieron en el más lejano de los horizontes, dejando detrás de ellos un pequeño y marchito pedazo de papel que decía: "Para llegar a la Felicidad, primero hay que experimentar la travesía del Amor y la Soledad..."

Fin.

Mujer del rostro esquivo,
¿cuándo te dignarás a aparecer frente a mí?

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jueves, 28 de enero de 2010

Camino al destino

'Un ramo de flores, por favor' dije mientras le entregaba un raído billete a una anciana a la entrada del cementerio. '¿Vienes a ver a alguien?' preguntó la anciana mientras armaba el colorido ramillete. 'Sí, a ver a una persona especial. Y voy tarde, ¡gracias!' respondí mientras tomaba aquel adorno floral y me apresuraba a ingresar por la puerta principal.

A medida que iba recorriendo los nichos y las tumbas de los inquilinos de aquel lugar, me comenzaron a asaltar recuerdos de nuestro pasado; como la anécdota de como nos conocimos. Fue una tarde fría de verano, como las que suelen haber a menudo en la capital, recuerdo haber llegado a aquella fiesta de una amiga en común y no despegué mi mirada de ti ni un sólo instante. Luego te me acercaste para pedirme fuego cerca a la barra donde me encontraba bebiendo con unos amigos, y te dije 'claro que sí, puedes encenderlo con el calor de mis labios'; admito que no fue una respuesta inteligente pero te causó gracia en aquel instante, tanto a ti como a mis amigos, aparte me supiste perdonar porque te diste cuenta que estaba algo entrado en copas.

Al día siguiente, me comentaron sobre lo que había hecho. Es cierto aquello que dicen que el alcohol es un gran deshinibidor, pero no pensaba que lo fuera tanto. Tuve una chance para redimirme la segunda vez que nos vimos, que fue de pura casualidad, en un café de un centro comercial. Había entrado para usar el baño, pero te vi sentada al otro extremo del local, bebiendo de una diminuta copa un humeante café y mirando el reloj de la pared de enfrente, evidenciando que llevabas un buen rato esperando a alguien que no había llegado aún. Me acerqué a saludarte, esperando que no me recordaras del todo de aquella fiesta, pero vaya sorpresa la que me llevé cuando respondiste mi saludo con un 'pero si es el chico de los labios ardientes, ¿cómo estás, mi caluroso amigo?', aquello fue el comienzo perfecto para derretir el hielo en nuestra improvisada conversación.

Dicen que la primera impresión es la que cuenta, pero me he dado cuenta que soy mejor en las segundas. Nos pasamos toda la tarde conversando de todo y a la vez de nada, tan solo acompañados por dos tazas de café frío a medio acabar y una cajetilla de cigarrillos vacía entre nosotros. Fue allí donde nuestra inusual historia comenzó, donde los planetas se alinearon y tuvimos aquel momento cósmico que esperamos durante toda nuestra vida. Salimos juntos de aquel local y dimos vueltas por un tranquilo parque, donde al final de la vigésima vuelta y luego de conocer nuestros nombres y apellidos, sellamos nuestro encuentro con un suave pero tierno beso frente a una pareja de palomas posadas en lo alto de la estatua en el medio de aquella plaza.

Intercambiamos números de teléfono y comenzaron así nuestras interminables charlas nocturnas. Siempre me llamabas al llegar del trabajo y yo siempre te llamaba de camino al mío. Fue también la época donde mi deuda telefónica creció como la espuma de las cervezas que solíamos tomarnos cada fin de semana en compañía de nuestros amigos, vociferando las letras de un joven Charly García y su fascinación por demoler hoteles, o los dinosáuricos del Tri y su alegrísima triste canción de amor; también fue la época donde descubrimos nuestro secreto amor por la literatura de ficción, siendo tu fanática asérrima de Wonder Woman y yo, del valeroso Green Lantern. Eras perfecta por donde se te mirara, podíamos pasar horas conversando y debatiendo sobre temas que a nadie le importaba, recordando escenas de series de tv o dibujos animados de nuestros pasados o coreando las estrofas de las canciones más indies que puedan existir.

Te convertiste en el factor exponencial de mi ecuación de vida. Pero no todo era color de rosa en nuestra relación, también teníamos nuestros altibajos. Si había algo que no tolerabas era el que fuera condescendiente contigo, que prefiriera callar a veces simplemente por querer darte la razón. Siempre me instabas a sacar a relucir mi contraparte instigadora, incisiva e inclusive, la amargada con tal de defender fehacientemente alguna idea que yo creyera era la correcta. Así como también yo no toleraba de tu persona era el hecho de que ante cualquier situación difícil que se avisoraba en nuestro horizonte, te encerraras a ti misma en una burbuja de soledad y aislamiento, la cual me fue difícil penetrar en un principio, pero que con el tiempo lo pude lograr.

Éramos el otro para uno, a cualquier momento, a toda hora. Siempre buscábamos satisfacer al otro y a la vez, satisfacernos hasta el cansancio. Lo demostramos muchas veces en cuantas sábanas nos envolvían en nuestros encuentros amatorios furtivos o a veces, en los lugares donde simplemente nuestros cuerpos nos lo pedían. Aquella vez en el baño de la casa de tu tía abuela, fue fenomenal. Hasta ahora me pregunto, ¿cómo fue que no rompimos ese pobre inodoro? Realmente nos iluminamos aquella tarde, cuando nuestros ojos se encontraron mutuamente a través de ese comedor que olía a rancio y a nostalgia. Las palabras de tu tía abuela flotaban a nuestro alrededor como polillas cerca a una bombilla de luz, nada podía perturbar el estado en el que nos encontrábamos y fue entonces, cuando supe que era el momento del 'discúlpeme señora, tengo que hacer una llamada' y del 'no te preocupes tía, ve a la sala a refrescarte un poco que yo lavo los platos'. Hicimos lo que quisimos en ese baño sin levantar sospecha alguna en la albina cabeza de tu tía, aunque creo yo que sí se dio cuenta de lo que hicimos porque al momento de despedirme y agradecerle por tan enternecedora velada, me advirtió que tenía la camiseta al revés y que me peinara un poco, porque lucía algo alborotada mi cabellera. Bien dicen que más sabe el diablo por viejo que por...ay, maldito alzheimer.

Fueron dos años y medio de muchas alegrías con contadas tristezas en nuestra relación, hasta aquel fatídico día. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, porque en realidad fue ayer que me topé con aquel recorte periodístico que hice sobre aquel accidente. Ibas manejando en tu auto por una avenida principal, resbaladiza por una repentina lluvia minutos atrás, cuando tu auto embistió contra otro en un determinado cruce. Yo me encontraba en el trabajo cuando el jefe de redacción me envió a cubrir dicho accidente. Ya en la escena del hecho, empecé a realizar mi trabajo cuando de pronto, a medida que tomaba las fotos de lo ocurrido, me percaté de que uno de los autos siniestrados era muy parecido al tuyo. Mi corazón empezó a agitarse un poco, pero se volvió totalmente frenético cuando llegó el fiscal de turno y terminó con las pericias pertinentes. No pudieron identificar a la dueña de uno de los vehículos, pero ambas víctimas fueron llevadas a una sala de emergencias cercana al lugar de los hechos.

Me apresuré a llegar allí a como de lugar, pidiéndole al chofer de la móvil que me transportaba que acelerara lo más que pudiera porque tenía que llegar cueste lo que cueste. El asustado chofer me decía que no podía correr más porque la pista estaba resbaladiza y temía terminar como a los que habíamos dejado cuadras atrás. Deteniéndonos en uno de los semáforos, no pude resistirlo más; tenía que llegar sea como sea. Me bajé de la móvil y le dije al chofer que me diera el alcance en el hospital. A medida que corría sobre el mojado pavimento, marqué hasta el cansancio a su celular, pero sólo recibía la casilla de voz. Mi corazón parecía saltarse de mi pecho cuando llegué a la sala de emergencias y me dijeron que uno de los accidentados acababa de fallecer en el quirófano, producto de una hemorragia interna.

Todas esas escenas se me vinieron a la mente a medida que me acercaba a la lápida que iba a visitar. Me paré frente a ella y deposité el ramo de rosas lentamente en el suelo, deslizando la punta de mis dedos sobre su fría y húmeda superficie. 'Llegas tarde...para variar', me dijo una mujer que sostenía a un bebé y se acercaba hacia mí. 'Ya sabes que a pesar de que siempre uso reloj, no puedo evitar siempre el llegar tarde...' respondí mientras recibía a aquel pequeño infante entre mis brazos de parte de ella. Besé a aquella mujer con todo el amor del mundo y la rodeé con mi brazo, y luego dirigiéndome a nuestro querido y silente anfitrión en su última morada, le dije las siguientes palabras:

'Ha pasado ya un año desde que dejaste este mundo, pero aún mantengo latente el recuerdo de tu partida. Verás, nunca te conocí, pero tuviste que morir para enseñarme de que ella es y será siempre el amor de mi vida. Cuando me dijeron que habías muerto en aquel quirófano, sentí como si mi mundo entero colapsara ante mí. Tanto mi pasado como mi presente, e incluso mi futuro, se trituró en mil pedazos de la sola idea de que había perdido al amor de mi vida sin poder despedirme antes. En ese mismo instante, recibí una señal divina proveniente de quien sabe donde. Mi novia me llamó a mi celular, disculpándose por no haber podido contestar mis llamadas pero es que se había olvidado el celular en casa y que se lamentablemente, había sido víctima de un robo; un asaltante la interceptó antes de salir de la casa y se llevó el auto, se había pasado toda la tarde en la comisaría denunciando el hecho. Fue en ese mismo instante donde la vida me regresó al cuerpo y lo único que atiné a decirle fue: Cásate conmigo. Nos casamos un domingo de abril y nos fuimos de luna miel por todo un mes. Y regresaron tres de donde fueron dos. Este es mi hijo, el cual lleva tu nombre y es la prueba viviente de que tu sacrificio no fue en vano y perdurará de aquí hasta la eternidad...'


¿A poco pensaron que esta historia acabaría con un final triste?

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miércoles, 28 de octubre de 2009

El día de mi muerte



Las sirenas empezaron a resonar en las silentes y desoladas calles donde yacía mi cuerpo bañado en un charco de sangre, a escasos metros de la puerta de mi casa. La gente, consternada y aún medio dormida, empezaba a juntarse alrededor de mi cadáver, mientras la policía empezaba con el peritaje correspondiente para determinar la causa de mi cruento asesinato. Es raro, podía escuchar a las vecinas murmurar sobre el supuesto móvil de mi repentino fallecimiento; podía ver a través de las delgadas hojas de periódico que pusieron sobre mi cuerpo a mis padres llorando mientras un robusto oficial les tomaba sus declaraciones y las pequeñas luces de aquellos forenses en sus batas blancas que empezaban a delínear el contorno de mi silueta en el piso con una diminuta tiza blanca.

A los minutos, empecé a sentir los flashes de una cámara que empezó a tomarme fotos desde distintos ángulos y oía las preguntas de una joven y simpática reportera de cabellera negra ondulada que le hacía al oficial encargado, que respondía que no declararía nada hasta que llegara el Fiscal de turno y autorizara el levantamiento de mi cuerpo, que seguía tirado en la puerta de mi casa, con mi mano derecha aún sosteniendo mis llaves. De pronto, la hermosa reportera se acercó a su compañero fotógrafo y me vio entre aquellas hojas de periódico y pareció reconocerme. Fue curioso, sentía que la conocía pero no recordaba quién era; sólo tenía la sensación de que en algún momento de nuestras vidas, nuestros caminos se entrelazaron de distintas maneras y compartimos el todo junto con la nada.

La expresión de su rostro cambió de la serenidad a la sorpresa en una fracción de segundo. Se tapó de pronto la boca con su mano izquierda y sus ojos se abrieron enormemente. Definitivamente lucía muy anodada. Creo que sí me conocía después de todo. 'Alguna compañera de la universidad', pensé en un instante, 'o alguna ex compañera de trabajo'. Ahora ya es demasiado tarde para descubrirlo. Luego, pude oír en medio del llanto de mis padres y familiares, a ella entablando una conversación con ellos, intentando calmarlos con nerviosas palmadas al hombro y trepidantes abrazos. Tirado en aquella fría acera, continúaba pregúntandome quién era ella. En medio de toda la conmoción del momento, llegó el Fiscal de turno. En menos de cinco minutos (y es muy extraño que tenga tal noción del tiempo en este estado) autorizó el levantamiento de mi cadáver y autorizó a los forenses que me llevaran a la Morgue Central. Retiraron cautelosamente los periódicos y me embolsaron en una pestilente y oscura bolsa. Lo siguiente que sentí fue cuando me tiraron en la parte de atrás de una oxidada y vieja camioneta. El viaje hasta la morgue fue algo accidentado, pero logramos llegar alrededor de una media hora después.


Volví a ver la luz quince minutos luego de haber llegado, cuando yacía recostado en aquella fría camilla de acero inoxidable de la morgue. Una luz blanca y brillante iluminaba mi cuerpo. En ese mismo instante, empecé a sentir un par de manos plastificadas que recorrían mi pecho, como si lo estuviesen examinando. Pude sentir también cuando uno de sus dedos empezó a penetrar una pequeña cavidad, que hasta ese momento desconocía de su existencia, a la altura del lado izquierdo de mi esternón. 'Una puñalada al corazón', fue lo único que atiné a escuchar mientras lo veía escribir algo en una tablilla. Por alguna extraña razón, tenía tapados mis oídos pero mis ojos permanecían abiertos, a pesar de que aquel muchacho que manoseaba mi cuerpo en aquella fría camilla, me los había cerrado minutos atrás. Luego, sentí la cortante caricia de aquel filoso bisturí que dibujaba una V en mi tórax, abriéndolo y presenciando como empezaron a sacar mis órganos internos como si fuesen piezas que nunca más se habrían de usar de algún aparato. Curioso o no, lo único que sentí que me sacaron fue el corazón. Se sintió como un pequeño cosquilleo en lo más profundo de mi pecho. Creo que sí lo tenía, después de todo. Al final de esto, empezaron a suturar mi ya vacío pecho y me depositaron en un cajón, en una especie de enorme frigorífico. Allí dentro estuve alrededor de un día y medio.

Por aún más extraño que parezca, lo único que vi durante aquel tiempo fue una absoluta y completa nada. La puerta del cajón se abrió un miércoles por la tarde (sigue pareciéndome curioso que tenga tal noción del espacio y tiempo estando así de frío) y me volvieron a colocar en una bolsa, esta vez era una con un olor a nuevo pero que era igual de oscura que la primera. Cuando escuché abrirse el cierre y volví a ver la luz, me di con la sorpresa que
mi padre estaba allí junto a un hombre viejo, con el rostro arrugado y manchado, pero con una mirada tan tranquila y fría que parecía que estaba acostumbrado a ver muertos todos los días. Habían transcurrido ya dos días y medio desde mi fallecimiento (morí un lunes a las 11 de la noche) y por primera vez, dejé de ver hacia arriba, ya que me volteaban de un lado a otro para vestirme. Entre aquellos constantes movimientos, pude ver que me estaban colocando aquel traje azul que usaba en ocasiones especiales. 'Que ocasión más especial que mi muerte' dije sonriente, esperando robarle una risa o carcajada a cualquiera como solía hacerlo, pero nadie me escuchó. Al final, cuando ya estaba vestido, pude ver a mi padre traer unos lindos zapatos negros que reconocí al instante: eran aquel par de zapatos que me regaló cuando acabé la universidad. Sentí como me los colocaba y me los ataba lentamente. Habían pasado muchos años desde que me había atado los zapatos, la última vez fue cuando tenía 4 años y paséabamos un domingo por el centro de la ciudad.

Me cargaron y me pusieron dentro de un cajón revestido de fieltro y tela. Mi padre me cargaba de los brazos y aquel hombre de las piernas. Un detalle que no pude dejar pasar fue que mi padre, al momento de recostarme dentro de aquél féretro, depositó mi cabeza suavemente sobre aquella tersa almohada. Por un instante, creí que él sabía que lo estaba viendo y escuchando. Nunca pude decirle cuánto lo amaba y admiraba frente a frente; siempre fui de las personas que expresaban su sentimientos a través de sus acciones. Si pudieras oírme en este momento, te digo que te amo y que fuiste y serás siempre lo más importante en mi vida. Pero no puedes y te me quedas observando con aquellos tristes y vidriosos ojos. Creo que nunca esperaste el enterrarme y siempre creíste que sería yo el que hiciera esto, pero ya ves lo injusta que es a veces la vida, viejo. No llores más y trata de ser fuerte; al menos tuve una muerta rápida y no sufrí mucho, aquello hubiera sido peor tanto para ti cómo para mí. Créeme.

Cerraron el ataúd y me cargaron hacia una carroza fúnebre. Me depositaron gentilmente en la parte trasera de ésta y escuché un portazo. El vehículo empezó a rodar por una calle muy transitada, porque podía oír el bullicio de los motores de autos y de la gente. El viaje duró cerca de veinte minutos cuando de pronto, sentí que me volvían a cargar y me depositaban despacio sobre una estructura. No escuché nada por unos cinco minutos, cuando de pronto, alguien abrió la puerta de aquel cajón y lo primero que vi, fue el rostro de mi madre, derramando sendas lágrimas. 'Qué mujer más hermosa', dije sin mover mis labios. A pesar de que su rostro mostraba el inexorable paso del tiempo sobre su persona, su fuerte mirada y su determinada personalidad que siempre denotaron una incólume juventud, parecían resquebrajadas. No sabes cuánto daría por oírte sonreir una vez más, de la manera como yo sólo sabía hacerlo. Siempre admiré el hecho de que a pesar de que no eras una persona muy cultivada, siempre sabías que decir y cómo decirlo y a quién decírselo. Me sentía seguro en tus brazos cada vez que te abrazaba y contemplaba tu belleza perenne. Pero ahora ya no podré hacerlo más y me voy para arreglar todo para el día en que nos volvamos a reunir. Mi madre me acompañó por un largo tiempo, hasta que finalmente alguien la tomó del brazo y la llevó a otra parte.

Ante mí, desfilaron un sinnúmero de personas que cuando estuve vivo, significaron el mundo para mí. Mis hermanos, mis sobrinos, mis amigos, familiares cercanos, amores pasados y la que era mi presente antes de estar confinado en este claustro. Entre todas las personas que derramaron lágrimas ante el diáfano cristal que me separaba de ellos, tus lágrimas fueron las únicas que sentí traspasar aquel vidrio y recorrer mis pálidas mejillas. Recordé como fue que nos conocimos, aquel amor que nació en salones de clase, que floreció en nuestros furtivos encuentros íntimos y que creció a medida que transcurrieron los años. Esperen un minuto, ahora lo recuerdo. Eras tú. La reportera que estaba en la escena de mi asesinato aquel lunes por la noche. ¿Por qué no te reconocí de inmediato? ¿Habrá sido el shock que ocasionó mi repentina muerte? ¿O simplemente fue tal mi estado de ambrosía al atravesar el umbral de la muerte que borré todo recuerdo de lo que representaba el amor en mi cuerpo terrenal? Porque tú significabas para mí, mi todo y mi nada. Y ahora, me he convertido en nada, mientras que tú estás allí, al otro lado del cristal y siempre serás el todo de lo que una vez fue mi vida. Puedo sentir el cálido toque de tu mano sobre mi rostro que se posa en este ahora empapado cristal. 'Atraparon a tu asesino', fue lo único que atiné a escuchar. Empecé a llorar, pero mi cuerpo hacía mucho que había dejado de segregar líquido alguno. Lloré como nunca antes lo había hecho, pero mis ojos permanecían igual de secos. No lloraba porque finalmente se haría justicia por mi muerte y se castigaría al culpable que me arrebató mi vida, sino que lo hacía porque al final de todo, fui capaz de recordarte. Pensé que te había olvidado; podía recordarlo todo pero menos a ti. Mis lágrimas no eran de sorpresa sino de felicidad, porque me llevaría el recuerdo de tu amor a mi otra vida, a la cual estaba a punto de partir.

Mi velorio duró un día más. Luego, fui otra vez depositado en aquella misma carroza y llevado a otro lugar. Para aquel entonces, habían transcurrido ya ochenta y cuatro horas desde mi fallecimiento. Mientras iba camino al cementerio, empecé a sentir un repentino y agobiante sueño. Empecé a sentir también mis párpados muy pesados, a pesar de que ya los tenía cerrados, cómo si nunca en mi vida hubiese podido dormir. Solté un fuerte bostezo que sólo yo pude escuchar, mientras sentía como mi ataúd empezaba a descender lentamente. Había llegado finalmente el momento en que cayera en aquel sueño eterno, pero con la única diferencia de que me llevaría conmigo el recuerdo de aquel amor que lo cambió todo y que fue capaz de traspasar las barreras de la vida y la muerte.

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domingo, 22 de marzo de 2009

Yo también te quiero... pero como amigo

Mi vida reflejada en 10:04 minutos...


Tomado de bulebule

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domingo, 28 de setiembre de 2008

Prueba el veneno

Te rehusas a crecer, simplemente te mantienes corriendo en círculos
en el laberinto solitario que llamas mente,
inmerso en un insomnio perpetuo que sólo te permite
cerrar los ojos un par de horas, dentro de las cuales lo único que hallas
son pesadillas donde tus peores miedos se hacen verdad.

Te despiertas agitado, con una duda que ronda cada rincón de tu cabeza
"¿Estoy tomando la decisión correcta o simplemente he aceptado
lo que otros piensan sobre lo que es vivir?"

Te paras frente a aquella ventana rota de tu habitación con tus nudillos sangrantes, mirando fijamente tu reflejo en los pedazos de vidrio a tus pies,
haciéndote aquella pregunta una y otra vez,
sin poder encontrarle respuesta alguna.

Pasas horas y horas contemplándote en aquel pedazo de vidrio,
mirando de forma incrédula en lo que te has convertido,
haciendo una introspectiva a tu vida preguntándote
si realmente valió la pena llegar a este punto.

Las pocas veces que sales de casa, siempre lo haces
con la mirada siempre gacha, obviando el mirar hacia adelante
dado que has caído en cuenta que no hay nada ni nadie esperándote.
Llegas a aquel viejo y asqueroso bar, donde no hay lugar para alegría alguna.

Te sientas en una mesa al rincón, toma una botella de whisky y empieza a beber con la única esperanza de matar estas preguntas y de alguna forma calmar su dolor, pero sólo encuentra el sinsabor de sus lágrimas que se mezclan con las últimas gotas del trago amargo de su miseria y la sangre, en el fondo de la copa rota en la que bebe día a día.

Pasan las horas y finalmente, luego de tres botellas y media de whisky decide
que es la hora de regresar a su claustro. Abandona el lugar dejando únicamente unos cuantos billetes y una mancha de sangre sobre la mesa.

Con el espíritu roto y sus sueños deshechos,
camina solitario por las calles de la ciudad,
enjugándose las lágrimas secas de sus mejillas,
maldiciendo el patético destino que le tocó vivir
"Sé ahora que tomé la decisión equivocada
pero aquella decisión nunca fue mía", se repite mientras se abre paso
entre una multitud de gente en la parada del autobús.

Abre la puerta de su departamento, y para su sorpresa
no hay nadie dentro que lo reciba.
En realidad, hace ya bastante tiempo desde la última vez
que alguien lo recibió con una sonrisa y le dijo bienvenido a casa.

Saca de un anaquel una vieja cajetilla de cigarrillos y enciende uno,
caminando através del desorden al que llama hogar,
no pudo evitar ver aquella ventana rota y los pedazos de vidrio esparcidos en el piso que reflejaban su solitaria y abandonada imagen.

Sus nudillos comenzaron a sangrar nuevamente luego de cada golpe
que asestaba contra una pared escrita de arriba a abajo, donde se leían
innumerables cartas de amor dirigidas a alguien que en un momento
de su vida, significó tanto como su propia existencia
él planeó toda una vida para los dos, pero ella al parecer ella ya había planeado la suya y no lo veía a él en su futuro.

La pared se comenzó a llenar con manchas de sangre mientras agachabas la cabeza sintiendo como algunas lágrimas comenzaban a recorrer nuevamente tus mejillas mientras te repites la pregunta que te haces todos los días
"¿valió la pena?"


El cigarrillo lentamente se consume en tus labios, quemándolos un poco
cuando ya no había más nicotina que consumir.
Con la mirada siempre gacha y nunca de frente donde debería estar,
te diriges al gabinete que tienes en el baño, tragas desesperadamente
una pastilla que quizás pueda matar estas preguntas y calmar tu dolor.

Abatido por la indiferencia con la que te trata la vida,
empiezas a contemplar la idea de terminar con tu existencia
de acabar de una vez por todas con estas preguntas que rondan en tu cabeza
y que no hay prescripción alguna que pueda matarlas.

Tiendes una soga alrededor de una de las vigas de tu habitación,
escribiendo lo que serían tus últimas palabras con la sangre
que brota de tus heridos nudillos en la pared que
retrata lo que una vez fuiste y pudiste llegar a ser.

Lentamente, la atas alrededor de tu cuello mientras terminas
de escribir tus últimas palabras con enormes letras rojas,
derramando unas lágrimas de alivio porque al fin
aquel dolor que te apuñala cada día el pecho
se terminará de una vez por todas.

Musitas por última vez el nombre de aquel amor del pasado
y por primera vez en muchos años, levantas la mirada
observando a través de tu ventana rota,
como el cielo pareciera llorar por tu inminente partida
derramando sendas gotas de lluvia sobre toda la ciudad.

La lluvia se empieza a colar por aquella ventana,
mientras un frío viento comenzó a soplar en la habitación
meciendo un cuerpo inerte que yacía colgado
mantenía una leve sonrisa que sería eterna,
quizás alegrándose de haber acabado de una vez por todas
con las preguntas que lo persiguieron durante toda su vida.

Con el tiempo, el agua se encargó de lavar las memorias y recuerdos
que quedaron de aquel hombre que una vez caminó por esta habitación
y que ya no está más con nosotros, abandonando esta vida terrenal
para ser uno con aquel viento que mecía su cuerpo y las gotas de lluvia
que borraban poco a poco el nombre que había escrito con su propia sangre.

El tiempo se encargó de mantener en su registro la vida del hombre que no dejó nada mas que una mancha de sangre a sus pies y una triste historia que contar a su partida.


Y tú, ¿ya elegiste tu veneno?

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lunes, 22 de setiembre de 2008

Mi primer Orgasmo Múltiple



Era un sábado por la noche que más parecía lunes por la mañana. Luego de un intento fallido de una salida con improvisada con GG (cuán diferente hubiera sido este post si nos pudiésemos haber visto), me encontraba mirando el techo de mi habitación presagiando lo que sería un encuentro amatorio conmigo mismo.

Luego de varios minutos concentrando mi mirada a la nada, no lo resistí. Tenía que salir de aquel claustro y hacer algo pronto. Me preparé para salir y fui al encuentro de algunos amigos, ya que a falta de una pareja por la noche, una botella de licor en buena compañía es casi (ojo, dije casi) igual de bueno.

Pero qué equivocado estaba. Llegando al punto de reunión, me di con la sorpresa que éramos pocos los que nos encontrábamos allí. En la casa de uno de ellos se estaba llevando a cabo una fiesta, digamos, muy "duro contra el muro" para mi gusto. El dueño de casa no podía salir porque tenía que cuidar su predio, amenazando a los críos que al primer disparo, se cancelaba la reunión.

¿Pero qué puede hacer un soltero solitario un sábado por la noche? Aclarando que este soltero no es de aquellos con enormes capacidades de ligue ni mucho menos poseedor de una labia extraordinaria. Mi único consuelo, el beber, se me había sido negado hasta ese momento. Mientras escuchaba las diarreas verbales de aquellos ritmos de moda, una llamada cambiaría el rumbo de la noche.

"¿Dónde estás?" se escuchaba al otro lado del teléfono, "...aquí donde el chato" respondí intentando descubrir su ubicación. Se escuchaba como si se encontrara en algún ambiente cerrado con música y comencé a deducir o bien era una discoteca (paso), un pub (puede ser) o un burdel (no sabe/no opina). Luego de sacarle la dirección a gritos, levanté la mirada como preguntando a los que me acompañaban "¿quién me acompaña?". Un valiente dio un paso al frente acotando "Vamo' pe".

Diez minutos y un sol de pasaje después, nos encontramos frente al local. Se veía muy elegante para la zona por fuera pero por dentro, se veía mucho mejor. Mientras subíamos las escaleras vimos bajar a dos mujeres que no estaban del todo mal, pero tampoco del todo bien. La duda comenzaba a rondar en mi cabeza sobre si ingresaba o no, cuando me fijé que mi acompañante empezaba a acelerar el paso. "Ya estoy aquí, lo menos que puedo hacer es entrar" me dije mientras una elegante señorita (muy guapa por cierto) con un pronunciado escote, me daba la bienvenida y me invitaba a pasar.

El ambiente presentaba una luz ténue acompañada por una pista musical de fondo. Al fondo de la amplia sala, se erigía una surtida barra de licores donde un bartender preparaba unos éxoticos tragos. Parados cerca a la puerta, intentamos ubicar al que nos había extendido la invitación. Lo encontramos junto a otro compañero de innumerables batallas, rodeado por dos pares de mujeres que se mostraban muy animadas.

Saludos van, saludos vienen y nos juntamos alrededor de una pequeña mesa. Al otro extremo, una pareja se entregaban mutuamente en un abrazo interminable, besándose apasionadamente al ritmo de una balada de José José. La iluminación cambió de pronto y otra pista musical se empezó a escuchar. Era mi primera vez en ese lugar y aún desconocía qué era lo que me deparaba la noche.

En medio de la conversación con el grupo, una mujer con unos penetrantes ojos verdes y otro pronunciado escote se presentaba. "Soy Claudia" me dijo mientras me perdía observando aquel par de esmeraldas en su mirada. Sonriendo me acercó un catálogo prometiendo volver cuando me encontrara listo para hacerle saber mi elección.

Mientras leía muy atento los nombres que se encontraban dentro de aquel catálogo, no podía evitar el observar detenidamente cada una de las descripciones que los acompañaban. Cuando me decidí finalmente en elegir uno, tomé especial cuidado en fijarme en su precio: estaba dentro de mi presupuesto, además su nombre me causó mucha curiosidad.

Claudia se acercó silenciosamente por un costado y me habló al oído. De la misma manera le respondí señalándole mi pedido en la página del catálogo. No pude evitar mirar dentro de su escote mientras ella me describía las características especiales de mi elección. Una vez cerrada la transacción, se excusó y se perdió através de una cortina de nicotina que se dibujó de pronto entre los dos, prometiendo volver en minutos.

Cigarrillo y medio después, Claudia cumplió con su promesa trayéndome lo que pedí. Confieso que su nombre me había intrigado y me preguntaba como sería realmente, duda que se disipó en el primer instante en que se presentó ante mí. Impaciente, posé mis labios y empecé a degustar lentamente su sabor, tenía buen cuerpo y su dulce aroma cautivaba a mis compañeros de mesa.

Cerré mis ojos e intenté descubrir cuál era el secreto detrás de esta maravilla. Pude reconocer algunos aromas familiares, mientras cataba aquel delicioso néctar que tan pacientemente me ofrecía. Me sentí completamente extasiado, era mi primer orgasmo y como lo prometía la descripción, no fue solo uno sino varios.

A medida que pasaba el tiempo, me entregué a la tarea de descubrir lo que estaba detrás de toda esta maravilla. Mi cigarrillo se consumía poco a poco en el cenicero junto a mi copa, agonizando lentamente mientras me encontraba degustando tan ansiada y costosa delicia. Era pequeña, pero se dejaba tomar fácilmente. No hay que dejarse engañar por aquellas que parecen ser una cosa, pero terminan resultando otras.

Ya casi al final de la noche y media cajetilla después, me topé con una dulce sorpresa. En su parte inferior, yacía un bocadillo capaz de empalagar al más diabético. Tentadoramente me veía mientras pensaba la manera cómo me la comería. Decidí por tomarla por la parte de arriba mientras la mordía lentamente por abajo, intentando rodearla con mi lengua.

Encendí un cigarrillo al final de mi faena. Hacía bastante tiempo desde la última vez que probé algo tan delicioso, tan rico. Admito que me pareció una experiencia muy corta, pero que sin duda espero repetir en la posteridad. Al final, mi elección cumplió lo que me prometió: un Orgasmo Múltiple. Creo que fueron cinco o seis los que sentí, dentro de mi boca sintiendo como mis papilas gustativas se revolcaban de placer con aquel sabor achocolatado, aquella perfecta fusión de Baileys, Amareto, Kalhua, Frangelico y Vodka.

Y la cereza en la punta de aquel pastel fue precisamente, una cereza que devoré lentamente al finalizar mi Orgasmo. Claudia se acercó con la cuenta y me preguntó qué tal le había parecido su servicio. "Excelente" fue lo único que atiné a decir, mientras sostenía un cigarrillo en mis labios que ella amablemente se ofrecía a encender.

Aquel fue mi primer Orgasmo Múltiple, un delicioso cocktail de sabores que separados de por si son buenos, pero juntos son dinamita. Salimos del lugar, no sin antes entonar una canción ochentera casi virginal de la vieja (pero buenísima aún) Madonna. Nos incorporamos lentamente entre risas y comentarios graciosos, acompañados de buena música y nicotina.

Claudia nos observaba desde la mesa contigua, con esos hermosos ojos verdes capaces de detener el tiempo en una habitación y poseerla de manera espectacular. Espero pronto regresar y pedir nuevamente otro Orgamos Múltiple, pero que provenga de ella. Mientras tanto, me retiro del Karaoke sabiendo que existe un sinfin de bebidas que me faltan por probar y que mi viaje por los senderos del alcohol, dista mucho por terminar.

¡A tu salud, Claudia, gracias por tu delicioso Orgasmo!

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viernes, 19 de setiembre de 2008

Muñeco de trapo



Abandonado en lo más profundo de un viejo baúl de juguetes
te encuentras sumido en los recuerdos de antaño,
rememorando aquellas épocas felices que una vez
compartiste con la dueña de tu carcomido ser
en sus innumerables e interminables juegos de infancia.

Juntos formaban una amalgama inseparable,
fuiste su primer juguete, su primer amigo y compañero
en aquellas frías tardes de invierno que aplacaban
sin piedad alguna su día a día.

Solía aferrarse a ti como si su vida dependiera de ello,
apretujándote fuerte contra su pecho,
escuchando con las costuras de tu roída piel
los latidos de su inocente y atemorizado corazón.

Sin poder estrecharla entre tus vacíos brazos
que se mecían con cada movimiento de ella,
el muñeco de trapo intentaba comunicarse
con el temeroso corazón de la niña,
intentando transportarla a un lugar
donde el frío, los miedos ni las preocupaciones existían.

En sus sueños, eras el caballero en reluciente armadura
que acudía a su rescate, llevándola en un córcel blanco
hacia lo más alto de la colina más lejana del bosque más profundo
del reino de la eterna y perpetua fantasía.

Los años pasaron y permaneciste fiel a su lado.
Enjugaste con tu áspero exterior las lágrimas
que caían de sus rosadas mejillas cuando se sentía triste,
intentabas confortarla con tu casi inexistente sonrisa
que se dibujaba en unos cuantos hilos mal cosidos por tu dueña.

Con el solo ojo que te colocó, podías ver la miseria en la que vivía.
La niña vivía rodeada en la más absoluta miseria,
tenía en ti un refugio al cual acudir en cualquier momento.

A medida que ella iba creciendo, con aquel único ojo
fuiste testigo de que su temple comenzó a crecer.
Con los días que pasaban, iba despertando dentro de ella
un espíritu tan fuerte como el calor de mil soles,
una temple a prueba de todo y unos deseos
de encontrar la felicidad a toda costa.

Contemplaste silenciosamente como fue escalando
la montaña de la felicidad, sobreponiéndose a todo
obstáculo que se le ponía por delante.

Si hubieras podido hablar, muñeco de trapo,
no habrías tenido otra cosa para ella mas que palabras de aliento,
si hubieras tenido un corazón,
hubiera saltado de alegría con cada sonrisa que te regalaba.

Inevitablemente, ella fue creciendo y se convirtió en toda una mujer.
Esperaste paciente a que ella fuera a tu encuentro cuando te colocó
en este oscuro y frío baúl.
En aquella espera pasaste días, meses, inclusive años...
pero al rincón de ese baúl la luz nunca llegó.

Han pasado 20 años desde que viste su rostro por última vez,
con aquel ojo que pende de un débil hilo y que se resiste a morir.
Ansías con tu maltrecho corazón de trapo el que la tapa de este baúl
se abra y deje entrar la luz de la sonrisa de tu dueña,
y que con la fuerza que has acumulado durante esta larga espera
saltar a sus brazos y no dejarla escapar nunca más.

Muñeco de trapo, olvidado en el jardín del tiempo...

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miércoles, 30 de julio de 2008

Annie - Inocencia en picada


Las luces de la ciudad te rodean mientras caminas por las húmedas veredas del centro, con esos tacones altos que compraste en oferta y esa minifalda que no deja nada a la imaginación. En medio del imperante frío invernal de la capital, te encuentras parada en aquella esquina esperando a que alguien se te acerque y pregunte por tus servicios.

Mientras buscas en tu cartera tus cigarrillos mentolados, encuentras en vez un par de preservativos; indispensables en tu oficio desde hace un año atrás. Cumpliste 18 la semana pasada y lo pasaste en un sucio cuarto de un hostal de quinta, complaciendo a un parroquiano cuya esposa no le daba lo que tú por aquellos míseros 20 soles, fuiste capaz de ofrecerle y dos veces todavía.

La calle comenzó a ser invadida por mujeres de todos los tamaños y edades, vestidas de una forma similar a la tuya pero igual de provocativas, unas mejor que otras evidentemente. Cada una sabe cuál es su área y debe estar dispuesta a pagar el precio. Las mamis hacen su aparición y saludan a las veteranas, dando por iniciado el ritual de iniciación a las recien llegadas, muchachas y mujeres noveles en el oficio más antiguo del mundo.

Las mamis son las que dirigen aquella cuadra de placer prohibido, un par de señoras subidas de peso y edad, pero con caras de pocas amigas. El olor a nicotina y perfume barato es una constante en ambas, pero la que destaca del par es Ramona, una pucallpina de unos 45 años con un tajo en la mejilla izquierda producto de un trabajo con un avesado delincuente, que luego de unas horas de placer, quizo subirse sin pagar. Ramona no lo permitió pero nada pudo hacer, el tipo la golpeó hasta el hartazgo y la violó, cortándole la mejilla al final para que nunca se olvidara de su encuentro con él.

Hay un rumor que corre entre las chicas que Ramona, desfigurada pero llena de odio hacia el maldito que le hizo eso, cobró venganza después del incidente. Dicen que lo delató con la policía y logró que lo cosieran en la prisión. Cuentan por ahí que Ramona, antes de que la marcaran, solía ser una mujer extramadamente coqueta y super complaciente, inclusive se dice que tal era su fama, que llegó a prestarle sus servicios a un conocido personaje político, pero sólo son rumores. Lo que sí es hasta hoy muy comentado, son los contactos que posee y es capaz de conseguir siempre lo que quiere, ya sea directa o indirectamente.

Ramona y su compañera recorren ambos extremos de la calle, recolectando su parte de las ganancias que obtengan por cualquier trabajo que consigan durante la noche entre las chicas del lugar. También se encarga de darle la bienvenida a las nuevas, siempre dejando bien claro que si aceptaban trabajar aquí sería única y exclusivamente para ella, y que cualquier intento de engañarla sería fatal. Sólo le bastaba mostrar su enorme figura y la cicatríz en su rostro para intimidar a cualquiera.

Dando una última pitada al cigarrillo, miras a tu alrededor para ver cómo está la plaza. Poco movimiento, los fines de semana y feriados largos es donde se gana más, 'pero qué más da' exclamas para ti misma. Pero algo llama tu atención, era una de las nueva. Una muchacha de unos 15 años aproximadamente, de estatura mediana, simpática pero muy nerviosa. Se encontraba temblando, pero no de frío exactamente y su rostro mostraba cierto miedo que sólo tú fuiste capaz de reconocer.

Aquella escena te hizo regresar al pasado, a cómo era tu vida antes de tu primer día en este infierno. Solías vender caramelos junto a tu madre en el cruce de una concurrida avenida cuando apenas habías aprendido a hablar, vendiste galletas en los buses saliendo de la escuela cuando aprendías a leer y a escribir y pedías monedas vestida de payasita en las plazas cuando aprendiste a usar tu primera toalla higiénica.

Desde pequeña supiste lo que era el trabajo y nunca huíste de él, trabajabas duro por ayudar a tu madre y ella siempre lo supo. Inclusive, hasta el día en que falleció postrada en una cama de un hospital, producto de una neumonía que no pudo ser tratada a tiempo debido a la falta de dinero para comprar los medicamentos. En su lecho de muerte, te encargó a tus dos hermanos menores y que los cuidaras como si fueran tus propios hijos.

Cuando tu madre partió, sentiste que tu mundo se derrumbaba. Ella era el único apoyo que tenías, ya que tu padre las abandonó cuando nació el último de tus hermanos. Era un hombre bueno, pero la presión de no conseguir empleo y su reciente adicción al alcohol, lo volvió una persona muy inestable. Se convirtió en una persona violenta, amargada y una noche, luego de una enorme discusión con tu madre, no lo volviste a ver nunca más.

Lo único que sabías de él era que ya tenía otra familia en algún lugar de esta gran ciudad, que había vuelto a empezar. Sentiste que por su culpa tu madre ya no estaba aquí; que quizás se pudo salvar de esa enfermedad si él la hubiera apoyado, pero siendo una madre soltera con tres bocas que mantener, aquello era imposible. Aprendiste a valerte por ti misma y sabías que no podías contar con su ayuda para nada.

Trabajaste duro y parejo en todo empleo que encontraste: fregando pisos, cocinando, limpiando casas, sirviendo mesas y un largo etcétera. Eso sí, nunca permitiste que tus hermanos se dedicaran a trabajar como tú lo hiciste a su edad. Te levantabas muy temprano y les preparabas el desayuno, los llevabas a la escuela y luego los dejabas donde una tía solterona que te ayudaba a cuidarlos mientras te ganabas el pan honestamente.

Pero a medida que fuiste creciendo, te diste cuenta de tus limitaciones. Los empleos a los que podías aplicar con tu casi nula experiencia académica eran pocos y de escasa paga. Pasaste tu cumpleaños número 16 vendiendo caramelos otra vez, tratando de ganar algo de dinero para alimentar a tus hermanos.

Tu espíritu fuerte comenzaba a resquebrajarse, mientras se te cruzaba por la cabeza la idea de tirar la toalla y mandar todo al diablo. ¿Si tu padre lo hizo, por qué tú no podrías? quizás haya sido lo que te preguntaras en ese instante. Pero la imagen de tus hermanos fue lo que te devolvió a tu realidad y te hizo deshechar aquel acto cobarde. 'No soy como él' fue lo que te dijiste mientras secabas tus lágrimas y continuaste vendiendo tus golosinas hasta bien entrada la noche.

Un día, te encontraste con una ex compañera de trabajo en el bus camino a casa. La encontraste muy cambiada, usaba ahora maquillaje y ropa provocativa, dejando los pantalones anchos por los entallados y las zapatillas por los tacones altos. Ella sabía cual era la situación por la que pasabas y te comentó sobre un lugar donde podías ganar algo de dinero por pocas horas de trabajo. Dedujiste en aquel instante a qué tipo de trabajo se refería, pero la idea no te parecía muy mala en aquel momento. Te dio su número y se despidieron, con la promesa de verse nuevamente.

Continuará...

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lunes, 14 de julio de 2008

Lluvia de Invierno

Bajo una improvista llovizna y en aquella banca donde te besé por primera vez, espero pacientemente tu llegada. Enciendo un cigarrillo y contemplo las hojas secas caer al unísono alrededor mío. Miro mi reloj y veo que nuevamente llegarás con uno de tus elegantes retrasos, pero no importa, eso es una de las tantas cosas que amo de ti.

Mientras permanezco sentado allí; veo a varias parejas pasar tomadas de la mano, unas corriendo de la lluvia y otras dejándose abrazar por ella, mientras que otros solitarios simplemente ajustan sus abrigos y prosiguen con su camino, con sus cabezas gachas y miradas perdidas.

Yo, por el contrario, estoy aquí sentado bajo esta refrescante lluvia, característica de los grises inviernos aquí en la capital a la espera de mi amada. Puedo imaginarte lidiando con esta pequeña precipitación, sé que te disgusta mucho el mojarte así que supongo que habrás salido preparada de tu casa, siempre chequeando el reporte del tiempo, mujer precavida vale por dos dicen.

Enciendo un cigarrillo mientras observo mi reloj, si no te conociera tan bien diría que estás retrasada; pero sé que llegarás en cualquier minuto. Adoro el invierno, es mi estación favorita, puesto que durante estas épocas no hay mejor excusa para abrazarte que el frío, no hay mejor manera de pasar esta temporada bien pegado a ti.

Levanto un poco mi mirada y veo cómo las gotas empiezan a caer sobre el pavimento de esta ciudad llena de concreto y hormigón, el famoso hielo negro se hace presente bajo los neumáticos de los autos que circulan por la avenida y los vendedores de café hacen su agosto ofreciendo a los friolentos clientes un refresco caliente al paso.

Una última pitada al cigarrillo y a la basura; sé que no te gusta que fume pero es un hábito que estoy aprendiendo a dejar por ti, me descubrirás mi pecadillo luego por el aliento pero sé que me perdonarás. De pronto las gotas ya no caían más frente a mi, sino que me comenzaron a rodear mientras se colocaba algo sobre mí que me cubría de esta improvisada llovizna.

Al levantar mi mirada, me topé con una silueta que me observaba fijamente y que comenzaba a recorrer con su mano mi cabellera mojada, no tuve mejor reacción que tirar mi cabeza para atrás y ver como aquella figura se inclinaba y nos besamos. Habías llegado finalmente con un enorme paraguas, siempre tan precavida y atenta a cualquier imprevisto.

Sentados bajo el enorme paraguas, permanecimos juntos en un beso interminable, mientras todos caminaban a paso raudo intentando escapar de la lluvia, en medio de un baile arrítmico y muy mojado. En aquel instante simplemente eramos la lluvia, tú y yo; deteniendo aquel instante en el tiempo.

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miércoles, 9 de julio de 2008

Dulce espera

Eran las tres de la mañana, no se escuchaba ni un sólo ruido en la calle a excepción de un estruendoso pero rítmico ronquido. Siguiendo aquellas sonoras pistas, llegamos a la alcoba de una joven pareja, que habían contraído nupcias hace un año y salieron embarazados hace casi nueve meses. Ambos se encontraban durmiendo apaciblemente cuando de pronto...

- Gordo…
- (Roncando)

- Gordoooo…

- ¿Qué, qué pasa?

- Gordo, tengo hambre.
- Uhm… (mirando su reloj) pero son las 3 de la mañana…

- Tengo antojos de comerme un triple de jamón y queso, gordo.

- ¿Pero de dónde voy a sacar uno a esta hora?

- Ya pues, gordo, no seas malito…

- Está bien.

Medio dormido aún, el marido se pone sus pantuflas al revés y camina como un zombie a través del pasillo, en dirección a la cocina. Se acerca al refrigerador y lo abre, encontrándolo vacío a excepción de un tapper con restos del calentado de ayer. Rascándose la cabeza en medio de un bostezo, comienza a buscar la guía telefónica buscando una solución ante este tan improvisado antojo.

Moviendo página tras página y descartando distintos locales que no atendían estos imprevistos nocturnos, se topó con uno que llamó su atención y que graciosamente, parecía el indicado por el nombre. Tomó el teléfono y comenzó a marcar los dígitos...

- Antojos de Medianoche Delivery, ¿cuál es su pedido?
- Sí, hola… Sé que sonará raro pero, ¿podrían enviarme por favor un triple de jamón y queso?
- A la orden señor. No hay problema. ¡Trabaja un antojo despierta marido!

- Se ve que están acostumbrados a recibir llamadas de este tipo.

- Uff ni se imagina, señor. Muchos negocios prosperan por temporadas, pero nosotros siempre tenemos trabajo durante todo el año y por sobretodo, en este horario. ¿Desea ordenar algo más?
- No, por el momento no pero a la próxima los llamaré.

- Muchas gracias por su preferencia, su pedido ya está en camino.

Ni bien terminó de hablar con el empleado, se escuchó un sonido de motocicleta que aceleraba a gran velocidad y un frenazo enfrente de la fachada. Un joven con un casco de motociclista se baja de la moto y con un paquete en mano, se dirige a la puerta del domicilio y toca el timbre.

El marido, consternado por saber quién tocaba su puerta a esta hora, mira por la ventana y casi se cae de espaldas al ver el uniforme del repartidor. Anodadado, abrió la puerta y recibió su pedido.

- Son 10.99, señor.
- Vaya, a eso llamo un buen servicio. Toma y quédate con el cambio.
- Gracias, señor. Que tenga buen día.

El joven se sube a la moto y parte como un rayo. El esposo, aún sorprendido con la bata abierta lo observaba como se perdía en la oscuridad de aquella calle. Al menos ya sabía que no estaba solo ante los espontáneos antojos nocturnos de su pareja y que podía contar con ellos en cualquier ocasión. Apresurado, sube las escaleras hacia el dormitorio, donde su hambrienta esposa lo esperaba.

- Ten, mi amor, tu triple de jamón y queso.
- Gracias, gordo.

Mientras la hambrienta madre comienza a morder aquel sandwich, el marido retoma su lugar en el lecho e intenta retomar su interrumpido sueño. Las luces se apagan dentro de la habitación minutos después y la joven pareja se encuentra nuevamente en los brazos de Morfeo. Pero más tarde...

- Gordo…
- ¿Y ahora qué, mi vida?
- Creo que ya es hora…
- ¿Otro antojo más? Pero si acabas de comerte un triple…
- No, gordo. Ya es hora…
- ¡Santo Dios! ¡Tranquila! ¡Levántate con cuidado! ¡Buscaré el maletín! ¿Y las llaves del auto? ¿Dónde están?
- Tranquilo, gordo. Todo está sobre la mesa. Cálmate un poco, desde temprano ya presentía que hoy sería el día…

- Ay, mi vida. Nuestro primer hijo…
- O hija…
- Está a punto de nacer. ¡Vamos al hospital!

El esposo baja con cuidado a su esposa y ambos se suben al auto, intentando encender el auto y salir inmediatamente de allí. El auto, después de varios intentos, logra encenderse y el nervioso marido pone primera y arranca con rauda velocidad. En minutos, se encuentra en la autopista en dirección al hospital, excediéndose el límite de velocidad. Mientras manejaba, no podía evitar el sentirse preocupado por su esposa, quién yacía en el asiento trasero, lidiando con las contracciones que cada vez eran más continuas. De pronto, una sirena se comenzó a escuchar y por el espejo retrovisor, se podían divisar las luces titilantes de la circulina de una patrulla, que le pedía detenerse a un lado de la vía...

- ¡Lo que faltaba! ¿Cómo te sientes, mi vida?
- Las contracciones van aumentando, gordo…

El auto se detiene lentamente, mientras el oficial desciende de la patrulla, acercándose hasta la ventanilla del conductor y pidiéndole que baje el vidrio, pregunta:

- ¿Sabe a qué velocidad estaba yendo?
- Lo siento, oficial; es que mi esposa…
- Papeles, por favor.
- Tenga. Pero, cómo le decía, oficial, mi esposa…
- ¿Y su SOAT?
- ¡Mi esposa está a punto de tener un bebé! ¡Estamos yendo al hospital!
- ¡Hombre, pero hubiera avisado antes! ¡Los escoltaré! ¡Síganme!

La patrulla se coloca delante de ellos y los escolta hasta el hospital más cercano, sorteando todo tipo de semáforos y cruces en el camino, llegando en menos de 5 minutos al lugar. El carro frena intempestivamente y el marido baja raudo del auto raudo y veloz, dejando la puerta abierta. Atraviesa la puerta de emergencias y se acerca a la recepción, frenético:

- ¡Mi esposa está a punto de dar a luz! ¡Por favor, ayúdenla!
- ¿Y su esposa?

El marido nervioso, comenzó a mirar a ambos lados y no encontraba a su mujer. Su cabeza se comenzó a llenar de ideas locas; "quizás había sido secuestrada, quizás el policía, sabía que no se puede confiar en alguien uniformado", pensaba cuando de pronto oyó el claxon repetidas veces...

- ¡Gordo, ayudame a bajar!
- ¡Lo siento, mi vida! ¡Vamos!

Con las contracciones cada minuto, la adolorida esposa hizo su ingreso al hospital sosteniendo la mano de su marido hasta la puerta de la sala de operaciones, donde la enfermera en un tono amable le dijo que se tranquilizara, que ellos se encargaban desde aquí y que vaya a la sala de espera. El angustiado esposo no tuvo otra opción que ir allí y esperar hasta recibir noticias de su amada.

Era el único en la sala, a excepción de un enorme reloj que emitía un fuerte sonido con cada movimiento de las manecillas del reloj. No podía escuchar sus pensamientos por culpa de ese sonido y se la pasaba caminando de un lado a otro de aquella habitación. Esperó y esperó, pero aún no escuchaba noticia alguna sobre el estado de su esposa, sólo las manecillas del reloj que seguían avanzando.

Habían pasado ya dos horas con aquel incesante sonido en su cabeza, cuando de pronto una enfermera lo sorprendió, anunciándole que ya podía pasar a ver a su esposa y a su bebé. El esposo no podía salir de su asombro, finalmente había llegado el momento que tanto anhelaban y podía conocer al fruto de su amor.

Toca la puerta de la habitación y no puede creer lo que ve ante sus ojos: la inmaculada imagen de su esposa, agotada por la ardua labor de parto, sosteniendo en sus brazos a un robusto y somnoliento varón.

- Ven, gordo, y conoce a tu hijo…
- Mi vida, ¡qué feliz soy! ¡Nuestro primer bebé!
- Sí, gordo, nuestro primer bebé… ahora ya somos una verdadera familia. Oye gordo…
- ¿Dime, mi vida?
- ¿Aún tienes el número de esa sanguchería delivery?

Ambos ríen mientras el recién nacido bosteza, indicando que ha sido un día muy duro para él y mientras cierra sus ojos, un beso entre sus padres le pone fin a aquel frenético día y un comienzo a su vida en familia...

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jueves, 19 de junio de 2008

Justo Castigo

Un hombre llega a su hogar a mitad de la noche, empapado por aquella llovizna que lo sorprendió camino a casa. Busca en un enorme manojo de llaves que guarda celosamente dentro de su morral y con un nerviosismo evidente, se apresura a introducir la correcta y abrir la cerradura para poder ingresar. Tira el morral a un lado y se comienza a sacar la ropa mojada, secándose el cabello y poniéndose algo más seco.

Si mirada se le notaba inquieta, sus manos hacían movimientos muy erráticos y sudaba en frío. Sabía qué había hecho y que lo iba a pagar, pero no sabía ni el cuándo ni como. Comenzó a buscar entre un rincón de aquel viejo departamento, aquella vieja botella de whisky que sólo bebía en ocasiones desesperadas, dado que él prefería beber otro tipo de bebidas. Destapó la botella y aquel añejo aroma lo golpeó al instante; buscó una copa y se sentó en un rincón a beber desconsoladamente.

Empezó a repasar lo que había ocurrido: en ningún momento pensó que sería capaz de lastimar a esa persona, en especial, después de habérselo prometido. No fue su intención haber soltado su mano en ese instante, pero por un minuto la duda lo embargó y no supo cómo reaccionar. Sólo atinó a decir aquellas palabras y a seguir adelante, sin importar las consecuencias de sus actos. Ahora es que, junto con esta copa de whisky, comienza a pensar que quizás hubo otra manera, otra forma de haber evitado aquel penoso evento. Pero el mal ya estaba hecho.

Sabía que tarde o temprano pagaría por su fechoría, así que después de repasar los pasajes de su mísera vida; estaba listo para aceptar su sentencia por haber cometido tal acto. Había aceptado finalmente el castigo que le iba a ser impuesto, pero lo que le carcomía por dentro era el no saber la manera como le sería aplicada su condena. Con cada copa que bebía, imaginaba los posibles escenarios donde su muerte se llevaría a cabo.

Siguió en lo mismo hasta que la botella no tenía más que un par de gotas en su interior. Su cabeza le daba vueltas y no había encontrado la respuesta que buscaba durante su tiempo de meditación alcohólica. Se incorporó y lentamente comenzó a dar vueltas en aquella habitación, observando aquellas fotos y objetos que le recordaban la calamidad que había cometido. No se podía perdonar el haber actuado de esa manera, pero ya estaba hecho. Era vivir con aquel recuerdo para siempre o morir aceptando la condena por haber lastimado a ese ser tan especial.

Un cigarrillo se encendía en el rincón más oscuro de la habitación y una estela de humo comenzó a llenar el ambiente del olor a nicotina. Se encontraba sentado, con su espalda apoyada en la pared, musitando un nombre con cada bocanada. Dentro de sí mismo, sabía que esa noche sería la última de su vida, así que sus expectativas de sobrevivirla no eran del todo altas. Finalmente, cansado y arrepentido, cerró sus ojos esperando no volver a abrirlos nunca más.

Un grito se oyó de pronto y un retumbe hizo vibrar el piso. Tenía los ojos bien abiertos y comenzó a mirar a cada lado del cuarto, pero no encontró a nadie. Sentía una pestilencia a nicotina y un ardor en la palma de su mano; mientras la observaba, notó una pequeña quemadura de cigarrillo en ella y supo que no había sido nadie mas sólo la colilla que acababa de extinguirse sobre él.

Movió su mirada hacia la ventana y vió como los primeros rayos de sol se filtraban por aquella vieja cortina. Había sobrevivido a la noche y entonces, se dio cuenta que su sentencia había sido cambiada: tendría que vivir con el recuerdo de la falta que cometió hasta el final de sus días. La sentencia ya había proscrito y no podía nada que se pudiera hacer.

¿Realmente esperaba la muerte? No lo sabemos. Con aquel nuevo amanecer, decidió que quizás podía empezar de nuevo. Tomó una ducha, se vistió, tomó un buen desayuno y se arregló el cabello frente al espejo. Pareciera como si él mismo se hubiera dado una segunda oportunidad, cuando de pronto sonó la puerta.

Observó por la mirilla de la puerta pero no encontró a nadie. No prestó atención y volvió a pararse frente al espejo, terminando de arreglarse. Nuevamente, el timbre volvió a sonar insistentemente. Molesto, fue a abrir la puerta para patear al bromista. Pero en vez de eso, sintió una caricia letal.

Pudo sentir el frío acero penetrar su piel, perforando sus músculos, cortando sus venas e incrustándose en su corazón. Por sus retinas, comenzó a repasar toda su vida en un segundo; un segundo infinito que lo llevó desde la primera vez que abrió los ojos hasta este mismo instante. El cuchillo comenzó a incrustarse más y más, dando un giro mientras una figura lo sostenía firmemente.

Con la mirada y la boca llena de sangre, enfocó su mirada sobre su atacante y cayó sobre sus brazos. El verdugo dejó caer pesadamente aquel cuerpo ensangrentado y lo dejó en el pasillo, desvaneciéndose en un abrir y cerrar de ojos. El cuerpo, que yacía en el piso, aún mostraba signos de vida. El sujeto se rehusaba a morir pero era poco lo que podía hacer, el cuchillo había calado muy profundo en su pecho y sólo le restaba unos minutos de vida.

En ese estado, comprendió finalmente cuál había sido su castigo realmente: el morir sin esperárselo. No pudo concretar sus planes ni mucho menos cumplir sus ideales, simplemente su destino ya estaba sellado a manos de su verdugo. Con sus últimas fuerzas, murmuró una palabra y con su mano derecha cubierta de sangre, escribió algo en el suelo. Luego de ello, la vida lo abandonó completamente, dejando un cadáver cubierto de rojo con los ojos abiertos en aquel pasillo.

La policía llegó minutos después, luego que una vecina se topara con el fallecido cuerpo del joven y avisara a las autoridades. Los oficiales no podían explicar por qué precisamente había escrito esa palabra que yacía a lado de él y por qué tenía una expresión tan triste en su rostro mientras lo colocaban en la bolsa para cadáveres.

El parte policial presentado por el médico forense indicó un desangramiento por una puñalada en el corazón y que las huellas digitales en el mango del cuchillo pertenecían a la víctima. El detective a cargo cerró la investigación llegando a la conclusión de que se trataba de un suicidio y el caso fue archivado. La policía se retiró del lugar dejando aquella frase ensangrentada detrás, último vestigio de la existencia de este pobre ser en la Tierra: Lo Siento.

'Nuff said.

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miércoles, 11 de junio de 2008

Una noche a solas... literalmente

La conocía desde hace algún tiempo, las circunstancias en que la vi por primera vez fueron digamos inesperadas: era la amiga de la prima de un compañero de la universidad, la conocí en una fiesta que organizamos por motivos de recolectar fondos para nuestra graduación.

Allí estaba ella; con un hermoso vestido negro que hacían juego con sus zapatos de tacones alto, su cabello lacio como una tela color ébano y unos labios rojos carmesí con brillantina. La veía destrozar la pista de baile con cada canción que ponía el DJ, mientras que yo hacía lo mismo con cada botella que pasaba enfrente de mí. Y es que a mi no me gusta bailar, mejor dicho nunca aprendí a hacerlo; sólo aprendí a empinar el codo de distintas formas.

Con unos cuantos tragos encima, me armé de valor. Busqué a mi compañero, quién daba la casualidad que estaba con la prima y la amiga. Hice gala de mis pocos conocimientos de Casanova para Dummies y de pronto, en vez de conversar los cuatro, eramos tres; la prima, la amiga y yo. Perfecto, todo estaba saliendo a pedir de boca. Mientras conversabamos, no dejaba de observarla como bebía de aquella copa tan seductoramente, mientras las palabras de la prima de mi amigo me entraban por una oreja y me salían por la otra.

Para mi muy buena suerte, una amiga de la prima la llamó de pronto y nos quedamos solos los dos. Era mi oportunidad de poder conversar con ella y conocerla mejor, pero no me atrevía; soy demasiado tímido a la hora de hablar con las mujeres, en aquel instante no tuve mejor idea que seguir bebiendo para ver si afloraba en mí el galán, el seductor, o cualquiera que pudiese hablarle correctamente a una mujer.

Sin embargo, se despertó el que menos pensaba: el borracho. Borré cassetera desde la última copa de Cuba Libre que bebí hasta las nueve de la mañana del día siguiente. Me encontraba tirado en el piso de la recepción, mientras mi compañero me recibía con un vaso con agua y las palabras "¡qué papelon el que hiciste!".

Ya despierto y con una resaca de los mil demonios, me contaron lo que había hecho. Vasos rotos, comida tirada, uno que otro moretón en mi rostro y la peor marca de todas: la impresión que había quedado mal frente a la mujer que me gustaba. Me sentía muy fatal, ya no quería saber nada; por mi cabeza cruzaba la idea de volverme un monje y perderme 7 años en el Tibet o ser desactivador de minas en Afghanistán, cosas no tan peligrosas como ser quién era en estos momentos.

Mientras me acercaba al paradero a tomar el bus de regreso a casa, busco en mis bolsillos a ver si encuentro algún cigarrillo, pero me topo con algo mucho mejor: un papel doblado de una forma particular con mi nombre. Intrigado, lo abro despacio y comienzo a leer su contenido. No pude evitar abalanzarse sobre los brazos de un vendedor ambulante luego de haber leído aquella nota e irme dando brincos hacia quién sabe donde.

Antes de ocasionar los destrozos cuando había dejado mi abrigo para ir al baño, ella recibió una llamada a su celular y tuvo que partir de inmediato; fue en ese entonces que al ver que no llegaba me dejó esta nota donde me decía que la había pasado muy bien conmigo y que le gustaría terminar la conversación que tuvimos en otra oportunidad, líneas más abajo me dejaba su dirección, número de teléfono, correo electrónico; en fin, toda la información necesaria para ubicarla.

Pasaron los días y mantuvimos una comunicación constante. Salimos un par de veces y la pasamos muy bien. Cada vez que la veía, era como si hubiera encontrado todo lo que buscaba al conocerla. No podía sentirme mejor conmigo mismo, hasta que un día...

Un domingo común y silvestre luego de una resaca ocasional, recibí una llamada por parte de ella donde en tono medio travieso y picarón, donde me decía que me extrañaba y me quería ver con ansías locas, pero no del modo tradicional sino del que ustedes ya saben cómo. Admito que de lo somnoliento que me sentía en esos instantes, me desperté más rápido que gato durmiendo en batidora. Tragué saliva y le pregunté si estaba segura de ello y me respondió que sí, que estaba completamente segura.

Pensé que se trataba de una broma, pero la conocía bien y sabía que ella no se jugaba con tales cosas, esta chica me interesaba mucho. Me citó para ir a su casa más tarde puesto que no iba a haber nadie allí, la tendríamos para nosotros solos. Se despidió de mi con un hasta luego muy sexy y cortó. Mi líbido aumento un 100% luego de aquella llamada y comencé a alistarme para mi encuentro con ella.

Conseguí dinero e hice unas compras de último momento: una botella de vino, velas, algo de comida y bueno, dadas las circunstancias de la invitación, era mejor ir protegido. Puse todo en mi mochila y tomé un taxi. Llegué a su casa a los minutos (uno cuando está excitado se vuelve muy puntual) y llamé a su puerta. Nada, pensé que se estaba haciendo esperar, que iba a valer la pena luego. No me importó, esperé por unos minutos más. Luego de 15 minutos de espera, volví a tocar el timbre, luego la puerta, después comencé a rondar la casa.

Recordé sus palabras al detalle y comencé a reír: "Ve a la tarde porque no va a haber nadie ahí" y efectivamente, no había nadie. Tomé mis cosas y volví a casa caminando, bebiéndome la botella de vino mientras tenía un ataque de risa. Una vez más, me la habían hecho pero de una manera muy original.

Moraleja:
Un hombre libidinoso es una de las criaturas más inocentes que existe xD

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sábado, 31 de mayo de 2008

Trago amargo

Llegó el viernes y con ese día, una sed enorme despertaba en mí. Bebí hasta olvidar como me llamaba e inclusive, amanecí en otra cama... a lado de una mujer que no había visto nunca en mi vida. No me pregunten cómo pasó porque no lo recuerdo aún. Sólo recuerdo que quería beber hasta perder la conciencia. Quería olvidar y poner mi mente en blanco, ¿cuál habrá sido la motivación para ello? Generalmente suelo beber mesuradamente, en reuniones amicales hasta cierta hora de la noche un par de veces al mes, pero por algún extraño motivo ayer mi cordura se escurrió con la lluvia que nos visitó en plena madrugada. Trataré de recordar paso a paso como fue que pasó lo que pasó a través de este corto relato.

Todo comenzó alrededor de las once de la noche, mientras salía a caminar por las frías calles del barrio. Ni bien pongo un pie en la calle, una melodía amenazante me rodea 'dale con el látigo, a ella le gusta el látigo' y un grupo de jóvenes bailándola desenfrenadamente. Soy joven también, pero nunca me movería así, bueno sobrio no lo haría. En fin, mientras encendía un cigarrillo y veía como desfilaban las niñas con sus mejores y diminutos trapos, me rondaba por la cabeza la idea de qué fácil es el pensar en sexo hoy en día, comparado a cómo era cuando yo tenía su edad.

En fin, luego del minuto de reflexión la nicotina comenzaba a adormecer mis labios y a impregnarse en mis dedos, me encanta esa sensación que me deja luego de cada bocanada. Si el cigarrillo fuesen unos labios, sería adicto a esos besos letales. Llegando ya a mi destino, me encontré con los amigos que siempre están ahí cuando más se les necesita (y también cuando la garganta anda seca) y los saludé con esta frase en particular "Muchachos, hoy quiero tomar hasta olvidarme cómo me llamo y donde vivo", las miradas de sorpresa no se hicieron esperar, aquella frase podía haber salido de la boca de cualquiera, pero nunca se imaginaron que saldría de la mía.

Minutos después estábamos camino a la licorería, un rincón etílico que es el proveedor de mis más memorables pérdidas de memoria y encuentros amatorios con el inodoro. La mujer que nos atendió, nos reconoció al instante y nos preparó lo de siempre, sólo que también se sorprendió al ver la cantidad de botellas que comenzó a preparar. Nos fuimos bien abastecidos como si hubieramos salido de alguna tienda por departamentos en día de cierra puertas. Emprendimos la retirada hacia el punto de reunión, esperando que nuestros parroquianos amigos se hicieran presentes con el paso de las horas.

El brindis respectivo y el principio del primer round. La charla comenzó hablando del partido de la selección contra España hoy por la tarde y luego de las más grandes fracturas de pierna en este deporte. Admito que los temas de conversación siempre son muy disímiles, pero de todo lo que hablamos, podemos convertirlo en algo gracioso. Bueno, a veces pero se intenta al menos. Al término de la segunda botella, la gente comenzó a llegar y la conversación empezó a hacerse más entretenida. Yo estaba empezando a marearme, ¡cómo amo esa sensación! la de poco a poco ver cómo comienza a dar todo vueltas y la sangre te sube a la cabeza. Me encanta, simplemente me encanta.

Confieso que la bebida es el refugio del solitario y del descorazonado, que a la larga este mal hábito puede llevarme a la tumba o inclusive más abajo, pero no me importa. Tengo un corazón roto y no he encontrado mejor medicina que ésta para aliviar mi dolor. Tomo porque soy infelíz y soy infelíz porque tomo, es todo un círculo vicioso, pero que más da. Algún día en mi futuro, habrá alguien que me haga recapacitar o quizás recapacite por alguien, pero hasta que ese día llegue, ¡salud!

Sigamos con la historia. A medida que la gente seguía llegando, el trago iba desapareciendo. La nicotina había formado una especie de niebla entre nosotros, pero que se vio pronto disipada por una lluvia repentina. Mojados y con sed, no nos quedó de otra que seguir conversando. De la nada y de improviso, llegó un ángel salvador que en sus manos en vez de traer las respuestas a todas mis preguntas, traía en vez dos bolsas con más licor. Bendito seas.

A partir de este parte, las cosas se ponen borrosas. Recuerdo haber caminado por una calle y que comenzaba a gritarle a una ventana, luego una luz florescente en el techo que no paraba de observar y un aroma a lilas que me seducía lentamente. Después recuerdo, unas palabras de una mujer que he visto en alguna parte pero que no sé de donde, que tomaba mi mano y me invitó una taza de café. Su voz me envolvía en un manto de tranquilidad y sus lágrimas me desconcertaban, creo que estaba llorando por verme en ese estado, o quizás me estaba contando algún problema suyo, no lo recuerdo bien. Luego, todo se puso oscuro.

Desperté con los primeros rayos del sol que se colaron entre las cortinas de aquella habitación. Abrí los ojos y desperté intempestivamente, no reconocía el lugar donde me encontraba. Estaba desnudo, mi ropa yacía en el piso de aquella habitación junto a la de alguien más. Tanteé el otro lado de la cama y me topé con un cuerpo bajo aquellas mantas que yacía durmiente. Qué vergüenza, jamás había hecho aquello. Me hubiera gustado quedarme a tu lado para saber quién eras y porque habíamos acabado juntos en el mismo lecho, quería saber toda la historia pero debía irme, no sabía cómo preguntártelo puesto que te conozco de algún lado pero no puedo recordar de donde.

Me vestí lo más callado posible y salí del lugar. Al salir de aquella quinta, una anciana con una escoba fue la única que me vio partir. Andaba desorientado y con una sensación de adormecimiento en mis labios y piel, en mi ropa se habían mezclado aquel aroma a lilas con el fuerte olor del trago y del cigarrillo. Volteé y reconocí aquella ventana a la que estuve gritando más temprano, creyendo haber visto una silueta detrás de esas cortinas que me observaba.
Agaché la mirada y musité un silencioso 'lo siento' mientras caminaba por la vereda en dirección a mi casa.

Ayer quise beber hasta olvidar mi nombre y donde vivía, pero sólo pude olvidar cómo fue que llegué a amanecer en tu cama y a tu lado. Hubiera preferido que sucediera cuando no haya tenido tantas copas encima y pudiera recordar cada detalle. Pero aún traigo conmigo aquel aroma a lila que se impregnó de mi encuentro contigo.

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sábado, 26 de abril de 2008

La niña de los fósforos

¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.

Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.

La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña.

Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos. Sus manecitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!

Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.

Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico nacimiento: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.

-Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: "Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios".

Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.

-¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!

Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.

Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser sentado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.

-¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien.

Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos.

Escrito por Hans Christian Andersen

Esta historia marcó mi infancia. Recuerdo que la vi en una de esas series cortas de cuentos que pasaban antes por el canal 7, en esos programas de animación cuadro por cuadro con marionetas japonesas. Realmente una verdadera obra de arte. Ando buscando el video, sí lo tienen o saben donde está, por favor avísenme.



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domingo, 16 de marzo de 2008

La Mujer del Piano



Sentada frente al piano, comienza a sentir suavemente las teclas visualizando las notas a tocar sobre ellas; lentamente sus dedos comienzan a ensayar todas las posiciones requeridas como si se tratase de un elenco de coreógrafos a punto de salir a escena.

Respira profundo y exhala fuerte, comenzando con la primera nota intentando visualizar la partitura en su mente, mientras sus dedos se dejan llevar. La melodía comienza a tomar forma y fluye por cada rincón del gran salón, envolviendo la habitación en un ambiente de paz y tranquilidad.

A medida que la mujer del piano continúa tocando la melodía, el público lentamente cierra sus ojos, intentando ser uno con la música, dando rienda suelta a su imaginacion y transportándose a un mundo de sueños, gracias a la melodía que proviene de los dedos de la mujer en el piano.

A pesar de estar concentrada en cada una de las notas de tan complicada melodía, puede escuchar el latir tranquilo de los corazones de su audiencia sin dejar de oír lo que toca, puede ver las sonrisas en sus tranquilos rostros sin despegar la vista del teclado y puede sentir cómo la música la envuelve a ella también, transportándola más allá de la razón.

Sus dedos recorren ambos extremos de aquel piano negro de cola, intensificando el ritmo de sus dedos que se mueven a una gran velocidad. La melodía va tomando fuerza y rapidez, como si se tratara de una montaña rusa musical, principal señal que aquel viaje esta pronto a terminar.

La mujer del piano, de larga cabellera negra como la noche y la piel tan clara como el mediodía, comienza a abrir los ojos, regresando de aquel viaje mientras toca en el teclado estas últimas notas, dándole fin a la melodía haciendo regresar a su público de aquel mundo fantástico de su imaginación.

Unos fuertes aplausos comienzan a escucharse al final de su presentación, despertando de aquel trance maravilloso ocasionado por la música del piano a la mujer, quién regresando a su estado natural, no atinó a hacer mejor cosa que sonrojarse y sonreír nerviosamente.

La ovación continuó aplaudiendo y se puso de pie, la mujer del piano no podía creerlo. Se había ganado el corazón del respetable gracias a aquella melodía, una melodía que nació en su corazón y la interpretó con toda su pasión ofreciéndole una venia antes de retirarse, agradeciéndole infinitamente al piano negro de cola por ayudarla.

P.D. Dedicado para Carolina, espero poder escucharte tocar algún día. Recuerda que el talento va de la mano con la pasión, yo se que podrás convertirte en una verdadera artista. Te quiero mucho.

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