martes, 11 de marzo de 2008

Llamada de medianoche

Ya es tarde. Llego recién a casa después de un arduo día fuera. Tiro mi mochila en el suelo de mi habitación y me dispongo a cenar. De pronto, el ringtone que había seleccionado para tu número comenzó a sonar. Nunca espero recibir una llamada a estas horas (salvo si fuera un fin de semana) pero mucho menos me imaginé que sería una llamada tuya.

Me llamaste pasada la medianoche. Deben haber sido más o menos tres años desde la última vez que lo hiciste. Lentamente tomé el teléfono y dudé en contestar, mientras trataba de traer de vuelta la imagen de tu rostro de aquellos recuerdos pasados. Tenía grabada tu sonrisa aún en mis retinas pero por alguna extraña razón, tu rostro se me presentaba de una forma borrosa.

Realmente trataba de juntar las piezas de tu rostro en aquel momento, pero no alcancé a hacer ni la mitad de él. Mientras, el teléfono seguía repitiendo aquella melodía que grabé en mi celular para reconocerte y me dije "no sé que debo hacer..."

Finalmente contesté con un nervioso "¿aló?", un tímido "hola" se escuchó desde el otro lado seguido por un "...disculpa por llamar tan tarde". Eras definitivamente , te reconocí de inmediato ni bien soltaste tu primera respiración y conjugaste aquella primera sílaba. Claro que el ringtone me ayudó a reconocerte, pero sabía bien que eras la que estaba al otro lado de la línea. Aún desconocía el motivo de tu llamada pero no podía creer que eras realmente .

Hablamos por espacio de unos minutos, pero aquello bastó para que terminara de juntar las piezas de tu rostro en aquella imagen que seguía armando dentro de mi mente. Al fin pude recordarlo, comenzándote a dibujar entera en mi pensamiento. Sí, eras definitivamente parada enfrente mío pero con aquel rostro triste con el que me despedí de ti esa noche.

Mi mente comenzaba a divagar mientras te escuchaba hablarme sobre el momento por el que atravesabas, preguntándome el por qué fui yo el elegido de recibir aquella llamada. Nuestro tiempo juntos fue distinto al de los demás, las cosas que vivimos juntos fueron únicas y nunca fuimos lo que me imaginaba; pero aquí me encuentro, escuchándote, mientras lucho con mi yo interno, aquel yo que no te ha olvidado a pesar de todo y que deseaba volver a verte.

De pronto, a mitad de nuestra conversación, mi yo interno tomó posesión de mí invitándote a venir a mi casa. Un silencio se escuchó luego de aquella penosa e improvisada invitación. Sabía que diría que no, maldigo en aquel momento a mi yo interno por hacer tamaña locura; pero él sabía muy bien que muy dentro mío, de una manera incierta, deseábamos lo mismo. El silencio se seguía escuchando entre nosotros; estaba a punto de retractarme de aquello cuando escuché aquellas palabras que sin aviso alguno atravesaron mis oídos, recorrieron mi cerebro y fueron directo a mi corazón: "está bien, espérame..."

En menos de una hora, te encontrabas frente a mi puerta dudando en si tocar o no el timbre. Y del otro lado me encontraba yo, completamente nervioso en sobre qué hacer luego de que llegaras o no llegaras aquí. Ambos desconocíamos la ubicación del otro, cuando de pronto nos armamos de valor y decidimos hacer lo que cada uno se suponía que debíamos hacer. Abrí la puerta de pronto para esperarte afuera, pero me encontre contigo con tu dedo sobre el timbre a punto de tocarlo. Soltamos una tímida sonrisa y un hola se escuchó al unísono.

Te invité a pasar sin quitarte la mirada de encima. Habían pasado cerca de 1095 días desde que te vi por última vez, pero permanecías igual. Llevabas el cabello suelto hasta los hombros, con un pequeño gancho para el cabello en el lado izquierdo de tu cabeza, para mantener quieto a aquel mechón rebelde que siempre te tapaba el rostro. Tus labios pintados de un color brillantemente oscuro y algo seductor, pero que te quedaba muy bien. Los mismos ojos tristes y cansados, ojos que en alguna ocasión observé dormirse y despertarse muy de cerca. Un grueso abrigo beige te cubría totalmente mientras que tus zapatos de taco grueso resonaban en las lozetas de la sala. Casualmente, estabas igual como en aquella foto que aún conservo de ti en el fondo del cajón en mi mesa de noche.

Tomaste asiento en el sofá y te ofrecí un café. Aún recordaba el como te gustaba tomártelo. Te lo llevé hacia la sala junto con un par de bizcochos de la mañana, algo rancios pero que aún conservaban el dulce de su cubierta. Comenzamos a hablar sobre lo que había acontecido en nuestras vidas en estos últimos tres años, nuestras aventuras y desventuras, nuestros aciertos y desaciertos, nuestras fortunas y miserias; en fin, temas que se hablan con alguien a quién uno deja de ver de tiempo.

A medida que íbamos conversando, comencé a notar algo en ti. Realmente no te conocía mucho en aquel entonces, pero caí en cuenta de que aquella persona que fuiste antes, con quien pasé toda clase de peripecias por verla; había cambiado en otra persona completamente distinta, en alguien por la que no me importaría volver a empezar a conocerla.

Conversamos largo y tendido hasta que nos dio la mañana. El canto del gallo del vecino nos avisó de lo tempranamente tarde que ya era para ambos y que debíamos alistarnos para nuestras distintas faenas. El café frío a medio tomar y los bizcochos de ayer más rancios pero con un poco de dulce aún, se quedaron en la mesa de centro de la sala, mientras la acompañaba hacia la puerta.

Mientras caminábamos hasta el paradero, seguía viendo a aquella chica que conocí por los azares del destino años atrás y de la cual me enamoré; pero muy dentro de mí, sentía que estaba a lado de otra persona totalmente distinta. Cuando su transporte se aproximaba, acercó su rostro junto al mío y me susurró unas palabras al oído, sellando aquellas palabras con un gracias por todo mientras subía al ómnibus.

Parado en aquella esquina viéndola partir, me puse a pensar. Tomé un camino más largo que de costumbre para regresar a casa, mientras iba repasando cada momento de lo que había acontecido anoche. Mientras me iba acercando a la puerta de mi morada, comenzando a buscar mi llave, lo vi claramente. Al fin lo había descubierto pero de pronto, me embargó una tristeza profunda y de inmediato una resignación total.

Había descubierto que no podía hacer nada para salvarla y que este encuentro no se debió haber dado nunca. Abro la puerta y veo otra vez aquella silueta borrosa de ella, sentada en el sofá tomando el café y comiendo aquellos bizcochos, con la única diferencia que logro distinguir su rostro un poco en aquella distorsionada imagen. Aún mantengo aquel ringtone en mi celular, preguntándome si lo volveré a escuchar en un futuro cercano. No lo sé aún, sólo ella lo sabe.



Mi último cigarrillo será el del día en que finalmente te encuentre...

3 tienen algo que decir:

.:*:. Ferípula .:*:. dijo...

Qué bien escribís!!!!

Y se escucha muy bien la música...
Gracias por pasar por el blog...
Muák!

kato dijo...

Mijo querido. Me gusta el relato menos el principio pues la palabra ringtone está fuera de lugar... mejor utilizar melodía o "suena justo aquel tema que didiqué para ti, era mi celular..." o algo así. Claro, con tu expresividad caracteristica.
Leí y dentro del texto, quizás se me hayan colado otros, encontré este que lo copié antes de olvidarlo: "pero que te quedaba muy bien" cuando hablas del labial. El PERO, quitalo. Es como la excusa.
Debo admitir que justo me puse a leerlo con el tema de "el innombrable" de fondo... Mal pos... me llegó en el alma.
Mi Ronie...
Ay... entre poetas, escritores y musicales... quién nos mandó a meternos en las patas de los caballos?....
Un abrazo.
Doble.

Anónimo dijo...

Lindo,pero muy triste wuaaa me dieorn ganas de llorar mientras se imaginaba el rostro de aquella yo imaginaba el entorno,bueno amio suerte.

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